Religioso condenado por abuso sexual en España fue enviado a Bolivia

España, 11 dic 2018 (ATB Digital).- Un jesuita, Luis Tó González, y un agustino recoleto, José Luis Untoria Mahave, recibieron en los noventa dos de las escasas condenas de cárcel por abusos de menores en España en aquellos años, en 1992 y 1997, respectivamente, y los dos tuvieron idéntico destino: enviados de misiones a América Latina, al no ingresar en prisión por ser penas de dos años y no tener antecedentes. Luis Tó, profesor del colegio San Ignacio de Barcelona y condenado por abusar de una menor de ocho años, cuando él tenía 57, fue trasladado a Bolivia a los dos meses de la sentencia. José Luis Untoria, profesor en el colegio Santo Tomás de Villanueva de Salamanca, condenado por abusar de diez alumnos del internado, partió a Perú. Tras el eco mediático de sus condenas, casi nada se supo de destino posterior.

Consultadas ambas órdenes, justifican la decisión de sacarlos del país. “Se veía conveniente alejarle de Barcelona”, dicen los jesuitas. “De esta manera, se le ocupó en tareas donde estuviera alejado del trato con menores”, explican los agustinos recoletos. Ninguna de las dos órdenes abrió un proceso canónico ni tomó luego mayores medidas disciplinarias, salo prohibirles la actividad docente. Untoria recibió “acompañamiento psicológico” en Madrid antes de irse a Perú y Tó recibió “tratamiento psiquiátrico” en Bolivia a partir de 1994, informan. Aseguran que en sus destinos sus superiores conocían perfectamente la situación, allí no tuvieron contacto con menores y luego no han recibido acusaciones.

Tó vivió siempre en Bolivia, mientras que Untoria regresó en 2009 y fue destinado al monasterio de San Millán de la Cogolla, en La Rioja. Ambos fallecieron el año pasado. “La única razón para trasladarlo, entiendo, fue que se rehabilitara, sabiendo que había que tener cuidado y vigilarlo”, explica Daniel Ayala, el actual provincial de los agustinos recoletos.

Tó fue enviado a Bolivia “con la prohibición de tener actividad pastoral o docente con menores”, según los jesuitas. No obstante, según informó la curia boliviana de la orden al anunciar su fallecimiento, el religioso colaboró toda su vida en el Centro de Multiservicios Educativos, la obra social educativa de los jesuitas, y en las escuelas populares de Fe y Alegría. Portavoces en España afirman que, a falta de posteriores comprobaciones que la orden está realizando en Bolivia, su labor en los centros de enseñanza no fue docente, sino de administración. En cuanto a Untoria, fue destinado a una emisora de radio de Chota, Santa Mónica Radio, aunque también pertenecía a la parroquia local. "Tuvo un seguimiento en las comunidades donde estuvo viviendo posteriormente. Todos los superiores siempre estuvieron atentos y podemos confirmar que no hubo ninguna otra acusación", afirma la curia general de la orden.

 “Él nunca reconoció aquello de lo que se le acusaba, yo hablé con él y solo me dijo que había sido un poco imprudente, que se sentó en la cama de uno de los internos y se quedó dormido”, explica sobre Untoria el que era el superior provincial de los agustinos recoletos en aquella época, Juan Ángel Nieto. La sentencia en realidad detalla los relatos de diez alumnos de 12 a 14 años de cómo el religioso, de 42, se introducía en sus habitaciones por las noches. “Lo cierto es que había casi un centenar de chicos que le acusaban, pero solo diez llegaron hasta el final y denunciaron”, recuerda Manuela Torres, que fue la abogada de la acusación. Una de las víctimas se suicidó tras el proceso.

En el juicio, uno de los menores relató que “con unas tijeras atrancaba algunas noches el pestillo de la puerta, circunstancia que provocaba que el inculpado por el día le ignorara, sin hablarle, ni alinearle en los partidos, tratándole con absoluta indiferencia, con un fuerte vacío, por lo que el menor volvió a dejar expedita la puerta, sufriendo estos tocamientos”. Untoria era profesor de Religión, de Ciencias Sociales y entrenaba al equipo de fútbol sala.

La sentencia, no obstante, no admitió que fuera agresión sexual, solo abuso “con prevalimiento de la situación de superioridad del sujeto activo”. Y concluye: “Estos actos libidinosos se llevaban a cabo por el consentimiento viciado que se obtenía a través del referido prevalimiento pero sin que mediara violencia o intimidación”. La acusación argumentó que había fuerza, porque cuando los niños bloqueaban la puerta con lápices o cepillos, el cura acababa rompiéndolos. Pero la sentencia apunta que “no resulta acreditado que tras este quebrantamiento el utensilio utilizado cediese en su integridad y aún menos que hubiese accedido a algún cuarto tras la referida fractura”. Los argumentos del religioso fueron estos: “La defensa habla de confabulación de los menores contra el acusado, el mal comportamiento y procacidad de alguno de ellos”. Manuela Torres, de la Asociación de Mujeres Juristas Themis, explica que en aquellos años era muy difícil obtener condenas, que el Código Penal infravaloraba estos delitos y que aún hoy buena parte de los casos de abusos de menores son archivados y no llegan siquiera a juicio.

En el caso de Luis Tó, el colegio donde era profesor en Barcelona salió en su defensa. “La dirección y la asociación de padres apoyaron sin fisuras al sacerdote agresor y exigieron guardar silencio sobre el caso”, escribe Pepe Rodríguez, coordinador de la facultad de Periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona, en su libro Pederastia en la Iglesia católica, publicado en 2002. Relata que cuando el cura se fue a Bolivia tras la condena fue despedido con un homenaje y todavía era descrito de forma elogiosa tres años más tarde en un libro conmemorativo del centro. Rodríguez asegura que Tó había sido objeto ya de varias acusaciones en el colegio durante las dos décadas anteriores, que fueron desoídas.

Los jesuitas, la orden a la que pertenece el Papa, hacen autocrítica: “Hemos constatado que no se le abrió un proceso canónico, y claramente entendemos que esto estuvo mal hecho. En aquel momento el derecho canónico hubiera exigido iniciarlo (…), pero entonces no se valoró bien la gravedad de los hechos (…) Revisando este caso, ante las preguntas planteadas, somos conscientes de que, como ha ocurrido en otros lugares e instituciones de la Iglesia, la actuación ante casos de abusos no ha estado a la altura, sobre todo pensando en la atención a las víctimas, y en la falta de respuestas más contundentes ante hechos que provocan tanto sufrimiento, y por eso pedimos perdón”.

(El País / Íñigo Domínguez)

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