Cecilio Guzmán de Rojas: arte, magia y muerte

Cecilio Guzmán de Rojas: arte, magia y muerte

La Paz, 8 ene 2021 (ATB Digital).- Cecilio Guzmán de Rojas trabaja en su atelier de la calle Abdón Saavedra N° 2221, barrio de Sopocachi, La Paz. Tiene enfrente dos “Peréz Holguín”. Es enero de 1949. Un año y un mes después se va a suicidar en Llojeta (en la madrugada del 14 de febrero). Estamos ante un momento insólito del arte boliviano: los dos grandes maestros de todos los tiempos están “trabajando juntos”. Los siglos se han esfumado. Don Cecilio mima y restaura tajos, agujeros y roturas a través de una técnica polémica llamada coagulación, una excitación química de tintas. Los lienzos de don Melchor que en 1929 costaban apenas tres pesos, ahora ya restaurados se cotizan en medio millón. Por arte de magia, reaparecen los colores primitivos del siglo XVIII. Pareciera que el vigor y las tonalidades del cochala-potosino recién brotaran del atelier del potosino-paceño. El periódico La Razón titula a siete columnas: “Guzmán de Rojas da por terminada su investigación de pintura coagulista”, dice el reportaje del periodista Ricardo Bajo.

Cecilio dedica sus últimos años de vida, finales de los febriles cuarenta, a ese método revolucionario. De la obsesión por el arte y su docencia ha pasado a la obsesión por el patrimonio artístico y su protección. En Potosí, antes de la guerra del Chaco, levanta en 1930 el Museo de Arte Retrospectivo, convertido luego en el Museo de la Casa Nacional de Moneda. En La Paz, a inicios del conflicto bélico (1932), asume como director de la Escuela de Bellas Artes “Hernando Siles” para formar una nueva generación de artistas.

En el invierno de 1935, amanecer del fin de la “guerra estúpida” y preámbulo de la firma del Tratado de Paz, inaugura una nueva exposición en la galería Gutiérrez de la calle Florida al 970 de Buenos Aires. De pie frente a sus telas, sabe que no hay cuadro alguno que pueda compararse al silencio que antecede a la muerte en un nido de ametralladoras. Entonces su vida ya es otra. Las trincheras han cambiado a Cecilio. El pintor —pionero del arte indigenista en una sociedad terriblemente racista — ha descubierto los colores más tristes en el Chaco Boreal, donde ha peleado durante siete meses.

Después de la guerra, en 1940, monta en La  Paz la Pinacoteca Nacional, hoy conocida como el Museo Nacional de Arte. Guzmán de Rojas pinta la guerra con rabia y asco: decenas de acuarelas, dibujos y pequeños óleos en cartones y papeles por los dos lados. Veintisiete cuadros del potosino retratan cuerpos mutilados en el fango de las trincheras y enseñan los rostros de la muerte. “Trajo el horror del Chaco a la Argentina como diciéndole a todos: mirad como es la guerra, odiadla”, reseña el diario porteño La Prensa. Influenciado por la serie del maestro español Francisco de Goya, nuestro Cecilio ha pintado los desastres de su guerra, de Platanillos a Conchitas, de Cañada Tarija a Tres Pozos, de Nanawa al último fortín.

El “Brujo de Llojeta” se incorpora al ejército boliviano en 1934, agregado al Comando Superior, destino Fortín Ballivián. Una tarde se presenta ante el general Enrique Peñaranda para rogarle que lo destinen a los puestos más avanzados, a los “velos” como se llamaban en jerga militar las primeras líneas del frente. De este modo marcha hacia Cañada Strongest, el lugar de mayor intensidad en las operaciones militares de aquel año. Con el espanto en carne propia, el gran pintor indigenista con pasado cubista, educado artísticamente en Francia y España, refleja su particular historia gráfica. Protagoniza la batalla más gloriosa teñida de oro y negro y convive junto a soldados heridos y moribundos con las que habla en aymara y quechua. Celebra los avances, sufre en los retrocesos y retorna enfermo de la campaña. Don Cecilio no podrá nunca substraerse de aquel aire envenenado del Chaco, del paludismo, de los mosquitos odiosos, de la sed y el hambre, del dolor en las caraguatas en medio del bosque.

El Chaco, dice Guzmán de Rojas a la revista Noticias Gráficas, “tiene una vegetación enfermiza, los árboles no son verdes ni proyectan sombras. La vegetación, que en lo normal emana vida, oxígeno y belleza, en el Chaco parece que envenenara la atmosfera. Pero pictóricamente hablando, el Chaco es interesantísimo, sus matices son a base de violeta y de una luz blanquecina. Mas el paisaje chaqueño que yo he sentido es aquel en que la guerra se ha enseñorado trágicamente. Quién sabe si en otra época de paz hubiese podido contemplar otro paisaje, distinto. No importa el arte por sí mismo, importa esta prédica, a través de mis cuadros, contra la guerra, contra ésta y contra todas”.

El 14 de febrero de 1950, Cecilio Guzmán de Rojas —el pintor de las grandes pasiones — se pega dos tiros en el pecho. Tres días después es hallado sin vida en su particular escondite paceño, vestía “paletot” café a rayas y sombrero azul oscuro; había vivido medio siglo. Su cuerpo físico fue velado primero en su casa de Sopocachi Alto y luego en la Biblioteca Municipal. Fue enterrado en el Pabellón de los Ilustres del Cementerio General de La Paz. Cecilio escoge su querida “comarca de magos y brujos, de adivinos y suicidas” (Saenz dixit) para partir; esa Llojeta que pintó tantas veces con los mismos colores tristes que descubrió en las trincheras. Nadie conoce a ciencia cierta las verdaderas causas del suicidio del artista más grande del siglo XX en Bolivia.  

El crítico de arte Harold Suárez Llápiz tiene varias teorías: “Por lo que conversé en alguna oportunidad con su hijo Iván, sé que arrastraba una profunda depresión por problemas psiquiátricos, ocasionados por los traumas ( y frustraciones tal vez) de la Guerra del Chaco. Patología a la que en aquel tiempo no se la prestaba la atención y contención profesional que se le da en nuestros días. Además hay que analizar el contexto de esos tiempos difíciles y violentos dentro del país y en el ámbito internacional: pocos años antes había acabado la Segunda Guerra Mundial y habían colgado a Gualberto Villarroel en la plaza Murillo en julio del 46, entre otras atrocidades. Se venían tiempos de cambio en una Bolivia convulsionada, se venía la Revolución del 52. También sé que existió un lío de faldas de por medio que pudo haber precipitado su drástica decisión”.

¿Qué papel jugó, sin embargo, el rechazo mayoritario en Bolivia y en el extranjero a su técnica de restauración, la pintura coagulatoria? No lo sabemos. ¿Fue esa la causa de una posible depresión galopante? Lo que sí conocemos es que don Cecilio tuvo lados secretos y clandestinos que todavía hoy ni soñamos. Estudió con Salvador Dalí en Madrid y con Pablo Picasso en París. Fue compañero de kallawayas y se pasó a las filas del vegetarianismo. Comenzó a pintar de noche (su Illimani negro todavía seduce) e hizo una fortuna con sus cuadros. Se interesó por el espiritismo, la astrología y las ciencias ocultas. Practicó el masajismo con imanes (la magnetoterapia) y también la hipnosis con familiares y amigos. Sufrió como nadie el horror de la guerra en Cañada Strongest. Tuvo «relaciones» con pintores y pintoras. Escandalizó a todo un país con sus desnudos de mujeres.  Y terminó sus días dando charlas por medio mundo explicando y defendiendo aquella técnica provocadora marcada por el frontal rechazo. 


También, según la investigadora y gestoral cultural Amparo Miranda, fue un ferviente creyente del desdoblamiento. Mientras trabajaba en 1946 para la National Gallery de Londres –a invitación del British Council- restaurando cuadros destruidos por los bombardeos nazis sobre Inglaterra, un arquitecto argentino (Juan Carlos Delponte o Dellepiane) supuestamente le hipnotizó para robarle los manuscritos de su teoría pictórica coagulatoria. No si antes, dejarle un regalo “envenenado” a manera de presente: el libro Biathanatos de 1608, una apología del suicidio del inglés John Donne. Cecilio para vengarse usó el desdoblamiento para terminar con la vida del ladrón en un extraño accidente de tránsito. Años después, Cecilio se ufanaba de la “hazaña” en charlas familiares y de amigos en La Paz.

Su gran amigo de cafés en Buenos Aires, el escritor y diplomático paceño Oscar Cerruto, lo cuenta entre ficciones y realidades en ese gran relato llamado “La muerte mágica”. Amparo Miranda también confirma la “venganza”  al tener acceso en la casa familiar de Sopocachi a una pequeña libreta azul del pintor en cuya carátula se puede leer “Libro de oro. Londres, febrero 1947”. En una de sus hojas, Guzmán de Rojas escribe: “Antes que nada no olvidar los libros, fotos y antigüedades que me ha robado Delponte por medios hipnóticos. Tengo que sentarle la mano con el mismo refinamiento, pero con más poder porque el que tiene razón, justicia y moral es el que triunfa”.

Cecilio era así, para bien y para mal: al todo o nada, a capa y espada, genio y figura por siempre, la fuerza de lo invisible por bandera. Del autor de Ñusta (1936) Cristo aymara (1939) se dijo y se dice aún hoy de todo. Las especulaciones dan de comer al mito, al gran personaje, a la buena persona. La obra y el legado del místico y críptico artista siguen intactos, eternos, más vigentes que nunca. Aunque ya no lo vemos ni tocamos en el billete de diez bolivianos, su ajayu retorcido —así son también las dos calles que llevan su nombre en Potosí y La Paz — nos acompaña y acompañará por siempre, como el misterio de su muerte.

Las enigmáticas ‘sales’ coagulatorias

Cecilio Guzmán de Rojas dedicó los últimos años de su vida a la pintura coagulatoria con la que pretendía “liberar al arte contemporáneo del visualismo óptico”.  Pensaba que los materiales que utilizaron los grandes maestros del pasado no eran solo óleos o pinturas al aceite. Había llegado a tal conclusión tras trabajar con fotografías infrarrojas y de rayos X de cuadros del Renacimiento durante su etapa londinense. Su taller fue también laboratorio. El artista comenzó a hacer mezclas químicas. ¿Se atrevió a restaurar cuadros de la época virreinal con su método de la pintura coagulatoria? Unos creen que sí. Otros no se la creen. “Ningún restaurador cuerdo y sensato lo haría, solo usó esos pigmentos con su propia obra”, asegura el crítico Harold Suárez. “Dicen que destrozó para siempre algunos cuadros”, añade el artista cochabambino Fredy Escóbar Vega. En el libro de Marcelo Calvo Valda, Mística y paisaje, ensayos sobre la obra de Cecilio Guzmán de Rojas (Librería Editorial “Juventud”, 1986), su autor asegura lo contrario. 

Pero, ¿en qué basó sus métodos de alquimista? Cecilio cayó intrigado tras leer el “Tratado de la Pintura” (1651) de Leonardo da Vinci, un libro también de códigos esotéricos. A partir de esas lecturas, comenzó a sostener que los grandes artistas del siglo XV y XVI habían logrado colores transparentes y diferenciación tonal a partir de reacciones químicas coaguladas, técnica que luego se perdió en el olvido. “Logra fijar una película de brillo luminoso, que coagula e ilumina los colores con duración perenne es la técnica elegida en el Renacimiento para captar el brillo del sol y la atmosfera”, dice Marcelo Calvo Valda.

Cecilio defendió su técnica en Bolivia y fuera de nuestro país. En 1949 dio charlas en la UMSA y en el Club de La Paz, después de varias conferencias internacionales en Londres, Nueva York (hasta la revista Time se hizo eco), Santiago de Chile y otras capitales de Sudamérica sobre la interpretación de las fórmulas de Leonardo da Vinci.

Y llegó a decir cosas tan enigmáticas como ésta, según la estudiosa Amparo Miranda: “Sal hecha de excremento humano quemado y calcinado al fuego lento y de modo análogo todos los excrementos hacen ‘sales’ y estas sales destiladas son muy penetrantes”.  Eran los famosos “estímulos” para que todo brillara con una sutileza y matiz superior al óleo.

En un artículo de La Razón de 1948 también se puede leer: “sobre una base alcalina, preparada especialmente, el pintor realiza su obra. Líquidos incoloros que bajo la acción del estimulante y la plancha coagulatoria, cobran forma y colorido para desaparecer al contacto del líquido descoagulador. Estos frascos encierran el oculto proceso en sus tres fases: pigmento saturado, pigmento en proceso de coagulación y la clave: el pigmento coagulado incoloro. Arte y magia para coronar el supremo esfuerzo del hombre en busca de lo sublime. Los ácidos esparcidos dan a los ojos el espectáculo de lo imprevisto, una visión policromada se hace presente al solo toque de una mágica mano que excita el proceso; utensilios de la nueva pintura, artículos de metal, lápices de punta misteriosa y ante todo superficies que bajo la acción del calor darán a la pintura el rumbo que el artista requiere para su efecto”. (Ricardo Bajo / La Razón)

Página procesada en: 0,58 segundos.