Brasil decide su futuro entre la ultraderecha de Bolsonaro o el legado de Lula con Haddad

Brasil decide su futuro entre la ultraderecha de Bolsonaro o el legado de Lula con Haddad

Brasil, 6 oct 2018 (ATB Digital).- Los brasileños celebran el domingo la primera vuelta de una elección presidencial que puede poner al frente de la mayor economía latinoamericana al diputado ultraderechista Jair Bolsonaro, aclamado por sus admiradores como "el salvador de la patria".

Los sondeos prevén una segunda vuelta para el próximo 28 de octubre entre Bolsonaro y el excalcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores del encarcelado expresidente Luis Inácio Lula da Silva.

Quien resulte electo sucederá a Michel Temer, el más impopular de los mandatarios desde la restauración de la democracia en 1985.

¿Quiénes son los favoritos para suceder a Temer?

Fernando Haddad

El último candidato confirmado de esta campaña, con apenas una veintena de días pidiendo el voto para sí, y no para Luiz Inacio Lula da Silva, a quien reemplazó tras ser inhabilitado, el socialista Fernando Haddad tiene el desafío de convencer a Brasil de que el Partido de los Trabajadores (PT) sigue siendo una formación capaz de crear bienestar y desarrollo, y no solo escándalos de corrupción.

Alto, con discurso sosegado y una educación impecable (es licenciado en Derecho, tiene maestría en Economía, y doctorado en Filosofía), Haddad es la antítesis de Lula da Silva, un sindicalista “sin apenas estudios”, como él mismo dice, que se erigió en la figura central del Brasil del siglo XXI por medio de un carisma imbatible.

De 55 años e hijo de comerciantes de origen libanés, este intelectual fue el elegido por Lula da Silva, encarcelado, para intentar retomar el poder tras el juicio político de Dilma Rousseff en 2016, con quien Haddad mantiene grandes diferencias desde hace años.

“Lula es Haddad, Haddad es Lula”, rezaba la campaña del PT tras la inhabilitación de Lula da Silva por la Justicia electoral a finales de agosto, en un lema que la formación esperaba que provocara una transferencia masiva de votos para su nuevo candidato, exalcalde de Sao Paulo y exministro de Educación.

El 40% de la intención de voto de Lula da Silva antes de ser inhabilitado hacían al partido ser optimista, pero es justamente la controvertida figura del expresidente (considerado por unos un estadista en la lucha contra la desigualdad; un pérfido corrupto por otros) la que parece pesar más ahora en el desempeño de Haddad, que quedó estancado en el 22% por causa del aumento de su rechazo entre electores del rico y populoso sur brasileño.

Sin imputaciones por coimas o desvíos, Haddad pasará al segundo turno con un rechazo del electorado en aumento, pues le consideran una “marioneta” de la voluntad de Lula, encarcelado en abril por una condena de 12 años y un mes por lavado de dinero y corrupción.

La crisis económica desencadenada en 2014, el desempleo de 12 millones de personas y la Operación Lava Jato son un bagaje negativo que pesan en exceso a Haddad, y de hecho no logró reelegirse como alcalde de Sao Paulo en las municipales de 2016.

Sin embargo, el previsible apoyo de partidos de izquierda y de centro, en especial del tercero en liza, Ciro Gomes (11%), y la eventual creación de un bloque de partidos contra Jair Bolsonaro, el radical de extrema derecha y líder en los sondeos, podrían beneficiarle.

El jueves, en el último debate televisado de la campaña de primera ronda, ya apeló “a la nación de los riesgos” que supone Bolsonaro, quien quiere colocar militares en ministerios y evoca la posibilidad de una asamblea constituyente que podría retirar poderes al Legislativo.

“Es la libertad que te permite reivindicar, votar”, dijo, de corbata roja y traje azul este hombre que todas las semanas viaja a Curitiba, al sur del país, para visitar a Lula da Silva, el político más influyente de un Brasil contemporáneo que anhela recuperar los buenos tiempos de la primera década de siglo.

Jair Bolsonaro

Hombre de pocas sonrisas y opiniones radicales para problemas estructurales en Brasil, el exmilitar y diputado Jair Bolsonaro, considerado un político fuera del sistema pese a ser legislador desde hace ocho mandatos, es el favorito para liderar la votación presidencial en el primer turno gracias a un auge popular que se fabrica en redes sociales.

De 63 años de edad, nacido en Río de Janeiro y padre de diputados que sostienen las mismas ideas de extrema derecha para resolver cuestiones como la desigualdad, la criminalidad o la corrupción, encabeza los sondeos con el 35 por ciento de las intenciones de voto para las elecciones presidenciales del domingo próximo.

Afiliado a un partido minúsculo para las dimensiones de Brasil, el Partido Social Liberal (PSL), este hombre de más de 1.85 metros de altura y semblante cerrado es llamado de “mito” entre sus seguidores, y llena plazas durante sus actos de campaña.

Sin embargo, sus exabruptos y salidas de tonos misóginos, así como su revisionismo histórico (niega que la Colonia portuguesa promoviera la esclavitud a Brasil y rechaza que hubiera una dictadura militar tras el golpe de 1964), le han valido etiquetas como la de “fascista” o “racista”, y semanas antes de iniciar campaña apenas lograba un candidato para ser su vicepresidente.

Hace apenas dos meses tenía dificultades para tener interlocutores de peso, y los políticos de los partidos tradicionales temían hacerse la foto con este excapitán que exalta torturadores de la dictadura militar (1964-1985), ante la percepción –equivocada- de que no pasaría del 20% en las encuestas.

Por el contrario, en una campaña en la que por primera vez no hay donaciones empresariales para candidatos y, por lo tanto, los gastos son más moderados, Bolsonaro ha afianzado su imagen de hombre incorruptible, de orden y tradición, por medio de una batalla librada en las redes sociales en la que se define como antítesis de Luiz Inacio Lula da Silva.

Un atentado sufrido el pasado 6 de septiembre, que casi le costó la vida, disparó su candidatura entre las clases medias y bajas que aún no lo conocían, y que tiene el apoyo del mayor lobby del país, el de los grandes productores agrícolas, así como el de los evangélicos.

Los dos favoritos a gobernar el estado de Sao Paulo, el más poblado y rico de Brasil, ya le han dado su bendición para el segundo turno, a pesar de ser de otros partidos que tienen candidatos presidenciales. Su paso al segundo turno es considerado seguro, e incluso se especula con una posible victoria en la votación del domingo próximo si sigue creciendo en los sondeos, algo que logró sin aparecer en buena parte de los debates televisivos, donde ya exhibió debilidades (“no entiendo nada de economía”, admitió en uno).

En una eventual segunda ronda electoral, con otros 20 días de campaña por delante, encarnará un proyecto de Brasil que aspira a solventar sus problemas estructurales por la vía rápida: portación de armas para civiles para combatir el crimen; desapropiación de tierras indígenas para expandir las fronteras agrícolas; privatización de activos estratégicos estatales para reducir el déficit y reactivar la economía.

A pesar de haber intentado moderar su discurso en las últimas semanas, son sus posiciones extremistas las que lo penalizarán, quizá de forma crucial, en un segundo turno electoral en el que las mujeres –mayoría del electorado con el 52%- pueden tener un papel crucial.

Una semana antes de las elecciones fueron decenas de miles las que salieron a las calles para criticar sus posturas sobre las mujeres.

El pasado abril, Bolsonaro dijo, al comentar la paternidad de sus cinco hijos en una conferencia en Río de Janeiro: “fueron cuatro hombres, la quinta tuve una ‘flojera’, y vino mujer”.

En 2014, dijo de una diputada de izquierda que lo acusó de exacerbar los abusos sexuales contra mujeres que ella "no merecería ser violada", e incluso fue llevado ante la Justicia por ello.

De los cuatro principales candidatos a la Presidencia de Brasil, Bolsonaro es el único que no tiene a una mujer como candidata a vicepresidenta, a pesar de que en el gigante sudamericano el electorado femenino es mayoría. (El Economista)

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