La semilla que salvó a Sandra

La Paz, 30 jun 2020 (ATB Digital).- Sandra Justiniano logró que un grupo de periodistas y fotógrafos de La Paz se enamorarán del Asaí, un fruto que crece en las palmeras del Amazonas. Como es una fruta esquiva con el frío, el amor quedó en nostalgia. Lo que Sandra hace es luchar para que ese antioxidante tropical viaje siempre más lejos. Para ella fue la salida a una vida de penas y dependencia económica. Junto a otras mujeres indígenas procesan la semilla cada noche hasta la madrugada.

En junio de 2019, la Organización de Naciones Unidas (ONU) en Bolivia llevó a seis trabajadores de medios de comunicación entre periodistas y fotógrafos hasta Buen Retiro, pueblo a un par de horas en carretera desde Riberalta. Se trata de una comunidad donde viven mujeres víctimas de violencia machista que a través de unas pequeñas bolitas guindas y duras en forma de lágrimas pudieron cambiar sus vidas.

No aparenta su edad, se ve mucho más joven, pero tiene 35 años, cabello largo amarrado en una cola, pecas en las mejillas, ojos pardos y aretes pequeños. Las veces que se encuentra con los reporteros para las entrevistas, viste blusas de manga corta, telas discretas en diseños y chinelas azules. El clima típico del trópico boliviano es un paraíso. Cuando el sol pega muy fuerte tienes el regazo de los árboles para refrescarte.

En Riberalta varias tiendas ofrecen el asaí en sus heladeras. La mayoría los compra por tres bolivianos el vaso. Las mujeres que venden llevan baldes con hielos gigantes al centro para hacerlo más refrescante. Los seis reporteros consumirán el fruto los siguientes tres días bajo el patrocinio de un emprendimiento nuevo, uno comandado por mujeres.

Asai significa “fruta que llora” según la leyenda de la tribu Itaki de Brasil. La colonización en el Amazonas pudo matar de hambre a los indígenas que se abrazaron a los árboles de palmito para pedir mejores días. La hija del cacique apareció muerta abrazada al árbol con la cabeza hacia arriba, señalando el fruto al final de las palmeras.  

Hace mucho que Sandra no llora de tristeza. Ella pasó un periplo de atropellos en manos de dos hombres. El primero que le propuso una vida de pareja cuando ella apenas tenía 17 años; tuvieron un bebé.

“Viví un año bien, empezó a tomar mucho y el dinero lo controlaba por las comidas. Lo dejé. Tuve una segunda relación y también fue borracho. Antes de que sucedan más cosas decidí dejar esa vida” cuenta al grupo de prensa que llegó desde La Paz.

Después de esa etapa volvió a la casa de su padre donde en vez de reproches o juzgamiento encontró un ambiente benevolente. Así pudo iniciar un sueño, el de procesar el asaí que como indígena de Buen Retiro, siempre había consumido.

“Me siento una persona luchadora de la vida, tengo mucha motivación” dijo cuándo le consultaron sobre las proyecciones de la pequeña empresa. De ser participante en decenas de talleres de independencia económica pasó a darlos ella para otras mujeres que compartían su historia de abandono y maltrato.

-    ¿Para ti qué es la independencia económica?

-    Yo conozco mis necesidades y las necesidades de mis hijos. Cuando me junté sólo me daban para comida y lo mínimo. No podía disponer de nada y tampoco trabajaba.

-    Ahora ¿cómo administras tu dinero?

-    Estamos bien con mi familia. Ya no tengo que estirar la mano. Si me preocupo por los gastos de la empresa. Siempre faltan cosas.  

El 2018 cerca de 20 mujeres y sus familias comandadas por Justiniano lograron el mayor de sus éxitos hasta ese momento. Ganaron la licitación de desayuno escolar con la alcaldía de Riberalta.  Como presidenta de la Asociación Agropecuaria de Productoras Amazónicas de Majo y Asaí (APAMA) su misión es lograr más exportaciones. El mercado que ansían es el cruceño.

Ese fin de semana de junio en Riberalta, ONU Mujeres, programó una feria de productos del Amazonas. Pero los periodistas insistieron en visitar la planta de producción de asaí. No tenía sentido llegar desde el altiplano a la amazonia y no registrar esas imágenes. Finalmente una feria se hace en Buen Retiro como en la plaza Villarroel de La Paz.

Sandra aceptó la visita, pero ésta solo podía hacerse de noche. En el día los hombres de las 20 familias que viven en esa comunidad cosechan y como el asaí es un fruto que requiere inmediato procesamiento las mujeres trabajan desde las 11 de la noche hasta las 3 de la mañana aproximadamente. El lugar no tiene electricidad sí una bomba a diésel. Al chofer le toca una difícil tarea pues el camino es angosto y en algunos trechos la espesura del bosque esconde la ruta. Machete en mano es necesario abrirse espacio para llegar al destino.

Cerca de la media noche ahora por fin pueden ver a Sandra desenvolverse en la pequeña empresa. Son dos espacios, en el primero un cubículo para vestirse: los guantes, barbijos, cobertores de cabello y zapatos están a disposición de las trabajadoras y visitantes. En el segundo las máquinas que la ONG acaba de donar más algunas otras que financió el Ministerio de Desarrollo Productivo.

El olor es intenso, el asaí tiñe de morado cualquier utensilio y se muestra como una fruta súper poderosa. El equipo de prensa no deja de consumirlo desde que llegó. Tomaron helado, refresco, crema, batido, pulpa y todas las variaciones posibles del fruto que crece a más de 22 metros de altura.  Los ruidos de las máquinas delatan que es la hora pico de sus faenas.

“Sale fresquito, no lo sacamos congelado. Le echamos 7 litros de agua para jugos y cuando se va a sacar pulpa ponemos 3 litros” explica una de las mujeres. En total son cinco junto a Sandra.  Trabajan por turnos. Selección de las semillas, lavado, tamizado, licuado y nuevamente tamizado. Las botellas con jugo de asaí resultantes de este proceso son verdaderos tesoros que los visitantes quisieran llevarse, pero eso es muy difícil.

“Cuando la semilla se muele mucho se agria y una vez extraída la pulpa hay que envasarla para la venta ese mismo momento porque es muy delicada” aclara la anfitriona.

Cuando las imágenes ya están registradas en cámaras de los reporteros y quedan pocas semillas en los bañadores, Sandra pide a la prensa paceña retirarse. Invita un poco de asaí como rito de despedida y consulta si estarán en la feria al día siguiente. “Las maquinas que nos trajeron nos dejan sacar hasta diez veces más del asaí que antes sacábamos porque comprimen con fuerza a diferencia de los tacus que usábamos” termina diciendo con una sonrisa de orgullo mientras se para en la puerta de la pequeña empresa.

Junto a la palta, la papaya, piña, mangos, copuazú, guanábano, achachairú, majo, el asaí es una de las frutas tropicales que más exporta América Latina. Le llaman la fuente de la juventud por su concentrado de antioxidantes.  Y como es una fruta joven, es impaciente. Una vez cosechada debe ser procesada inmediatamente. La pulpa no puede guardarse mucho tiempo o se echa a perder.

Para pensar en exportar necesitan un mínimo de cuatro toneladas de pulpa de asaí en almacenes. El camino es largo. Brasil domina el mercado con ventas a Estados Unidos que alcanzan los 13 millones de dólares anuales. En Bolivia el Instituto Boliviano de Comercio Exterior lanzó el 2017 una encuesta a pequeñas empresas para ver cuán sostenible sería la exportación de frutas tropicales como el asaí. El interés de clientes americanos y asiáticos está.

Los sistemas de refrigeración, el transporte en camiones, los traficantes de madera erradicando bosques y los caminos defectuosos son las preocupaciones más cercanas de Sandra. Esta vez la alianza con ONU Mujeres rinde frutos. En la feria que se hará en Riberalta estarán autoridades nacionales. Quizás haya oportunidad de mostrarles el proyecto.

El grupo de reporteros y visitantes piensa en las formas de llevar asaí en sus maletas, pero no es posible. El tiempo de vuelo a La Paz no sería un problema si pudieran llevar congelada la pulpa en una nevera portátil. Esta vez nadie empacó una cuando fueron enviados a esta cobertura. Por eso antes de irse vuelven a tomar todos los vasos de jugo de asaí que pueden. Sandra Justiniano se queda para seguir soñando y continuar tomando la fuente de juventud e independencia económica que le trajo esa pequeña baya.

*Crónica escrita a base de una cobertura periodística realizada en junio de 2019. Las fotografías corresponden a Teófila Huarachi, comunicadora de ONU Mujeres y a la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT).

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