Mundo, 29 de agosto 2025 (ATB Digital).- Durante más de dos décadas, Leandro de Souza fue conocido como el hombre más tatuado de Brasil. Con el 95% de su piel cubierta por más de 170 tatuajes, su imagen lo convirtió en un personaje inconfundible en eventos y en la vida pública.
Sin embargo, a los 35 años, el fotógrafo oriundo de Bagé, una ciudad fronteriza con Uruguay, ha decidido borrar ese pasado con la misma determinación con la que alguna vez lo construyó.
El hombre se sometió a un arduo tratamiento con láser para eliminar cada una de las marcas que lo acompañaron desde su adolescencia.
La decisión, según cuenta, está íntimamente ligada a un giro espiritual y personal. Tras una década marcada por las adicciones y la inestabilidad emocional, De Souza encontró en la fe evangélica un nuevo propósito.
“Hice mi primer tatuaje a los 13 años. En ese momento eran expresiones de lo que yo idolatraba: Guns N’ Roses, Nirvana, Metallica… las bandas que marcaron mi juventud”, relató al medio brasileño G1.
Lo que comenzó como una forma de identidad terminó convirtiéndose en un uniforme permanente que lo acompañó hasta casi cubrirlo por completo.
Una vida marcada por excesos
La historia de Leandro de Souza también está atravesada por momentos oscuros. Hace diez años, su divorcio lo empujó hacia un camino de consumo que inició con cocaína y derivó en combinaciones de LSD, éxtasis y alcohol.
“No soportaba la vida que llevaba. Me transformé en una atracción, como un animal de circo”, reconoció. La imagen de su cuerpo tatuado lo convirtió en un personaje llamativo, pero también lo aisló. La sensación de vacío lo llevó a tocar fondo.
Ese punto de inflexión llegó en Bagé, cuando decidió buscar refugio en un albergue municipal. Allí conoció a personas que lo introdujeron en el evangelismo, una experiencia que, asegura, cambió por completo su perspectiva.
“El primer paso es aceptar que no puedes hacerlo solo, que eres un adicto. Decidí cambiar porque encontré algo más grande que yo mismo. Ahora predico y busco transmitir esperanza”, confesó.
Dos años después de aquella decisión, De Souza no solo abandonó el consumo de drogas y alcohol —lleva más de tres años sin beber y uno sin fumar—, sino que también dedica su tiempo a predicar en comunidades y prisiones, compartiendo su testimonio con padres e hijos.
El proceso de eliminar los tatuajes, sin embargo, no es sencillo ni rápido. Hasta ahora ha completado cinco sesiones de láser, de las ocho que se requieren.
Cada una dura entre 30 y 40 minutos y se realiza cada tres meses. “Duele mucho más que hacerlos. Tres veces más, incluso con anestesia”, admitió.
El dolor físico parece, en cierto modo, una metáfora de la transformación que atraviesa: un recordatorio constante de la carga de su pasado y del esfuerzo necesario para iniciar una nueva etapa.
Además, el estudio de tatuajes Hell Tattoo, ubicado en Franco da Rocha, São Paulo, se interesó en su historia y en la valentía de iniciar el proceso, por lo que lo han documentado a lo largo de las sesiones.
En abril de 2024, Leandro celebró su cumpleaños con una doble victoria: además de cumplir 35 años, conmemoró un año libre de drogas y cigarrillos.
Su cuerpo, lentamente, comienza a recuperar su aspecto natural, aunque todavía lleva la huella de los años en los que el arte corporal definía su identidad. Aunque todavía le dos sesiones dolorosas, su determinación no parece flaquear.