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El enigma de las vasijas de arcilla: la ciencia aún busca respuetas sobre la “batería de Bagdad”

El enigma de las vasijas de arcilla: la ciencia aún busca respuetas sobre la "batería de Bagdad"

Mundo, 30 de ene 2026 (ATB Digital) .- Vasijas antiguas que producen voltaje, arqueólogos escépticos y un objeto perdido en 2003: el misterio de la batería de Bagdad sigue abierto.

Hace casi un siglo, en las cercanías de Bagdad, emergió uno de los enigmas arqueológicos más controvertidos de la historia moderna. Se trata de unas singulares vasijas de arcilla que, desde su hallazgo, han alimentado la imaginación y dividido a la comunidad científica: ¿eran un dispositivo eléctrico milenario –quizás las primeras baterías de la historia– o simples recipientes con un uso ritual o simbólico?

El hallazgo en Khujut Rabu: vasijas de arcilla con cilindros metálicos

El descubrimiento de lo que hoy se conoce como la “batería de Bagdad” se remonta a 1936, cuando trabajadores ferroviarios iraquíes desenterraron accidentalmente varias tumbas antiguas en Khujut Rabu, cerca de las ruinas de Ctesifonte, una ciudad que había sido capital de los imperios parto y sasánida.

Situada en un enclave histórico clave del Cercano Oriente, la región estuvo bajo dominio parto entre aproximadamente el 150 a. C. y el 223 d. C., y pasó después a formar parte del Imperio sasánida hasta mediados del siglo VII d. C., un marco cronológico amplio que dificulta una datación precisa de los objetos hallados. 

En ese contexto funerario aparecieron unas singulares vasijas de terracota cuyo rasgo más llamativo no era tanto su tamaño –en torno a los 14 centímetros de altura– como la compleja combinación de materiales que ocultaban en su interior: una varilla de hierro encajada dentro de un cilindro de cobre, todo ello aislado del exterior mediante un sellado de betún.

Fue Wilhelm König, entonces director en el Museo Nacional de Irak, quien en 1938 lanzó la hipótesis que encendería décadas de debate. König –pintor de formación– propuso que estos artefactos podrían haber funcionado como baterías primitivas, tal vez empleadas para electroterapia o incluso para procesos de galvanoplastia, siglos antes de que Alessandro Volta formalizara la primera batería eléctrica en el siglo XIX.

Experimentos con réplicas: ¿baterías antiguas funcionales?

Según reporta La Brújula Verde, la idea ganó notoriedad cuando König experimentó con una réplica del artefacto: al añadir un electrolito, logró generar una débil corriente eléctrica. A partir de ahí, vinculó el hallazgo con objetos similares encontrados en Seleucia y Ctesifonte, y sugirió que varias vasijas conectadas en serie podrían haber producido un voltaje utilizable. La pregunta, inevitable, sigue flotando hasta hoy: ¿poseían los antiguos partos o sasánidas un conocimiento práctico –aunque empírico– de la electroquímica?

Desde entonces, la teoría de König ha sido puesta a prueba en numerosas ocasiones. Tras la Segunda Guerra Mundial, el ingeniero Willard Gray, de General Electric, construyó una réplica del artefacto, la llenó con sulfato de cobre y, según sus informes, consiguió generar hasta dos voltios de electricidad.

Décadas más tarde, en 2005, el popular programa MythBusters sometió la hipótesis a una prueba televisiva. Utilizando diez réplicas conectadas en serie y zumo de limón como electrolito, los presentadores lograron producir unos 4,5 voltios, calificando el mito como “plausible”

Más recientemente, un nuevo estudio destacado por Chemistry World ha vuelto a encender la discusión. Su autor, Alexander Bazes, sostiene que muchos experimentos anteriores subestimaron el potencial del dispositivo al pasar por alto un detalle clave: la vasija podría haber funcionado como “dos baterías en una”.

Según sus pruebas, el propio recipiente de arcilla habría actuado como un separador entre un electrolito externo y el aire, generando una segunda fuente de voltaje que, combinada con la celda interna de cobre y hierro, situaría la producción eléctrica en torno a 1,4 voltios por unidad, o incluso algo más, una cifra del mismo orden de magnitud que el voltaje nominal de una pila AA moderna.

Hipótesis de uso: galvanoplastia, electroterapia y rituales religiosos

Las teorías sobre el posible uso de estos supuestos dispositivos han sido tan variadas como especulativas. Algunas apuntan a aplicaciones prácticas, como la galvanoplastia de metales preciosos o tratamientos médicos rudimentarios comparables a formas tempranas de electroterapia.

Otras hipótesis se adentran en terrenos más imaginativos. Una de las más llamativas –aunque también de las menos probables– plantea un uso teatral en contextos religiosos: la escenificación de “trucos eléctricos” en templos. Como explicó el arqueometalurgista Paul Craddock en una entrevista con la BBC en 2003, se ha especulado con la posibilidad de que una estatua conectada a estas vasijas pudiera administrar una descarga leve a quien respondiera incorrectamente a un sacerdote. Un efecto divino, si se quiere, destinado a reforzar la autoridad religiosa. Aunque carece de respaldo empírico, la imagen probablemente ha perdurado por su fuerza narrativa.

Bazes, por su parte, propone un uso ritual distinto y menos espectacular: la llamada “corrosión ceremonial”. Según esta idea, oraciones escritas en papel podrían colocarse en contacto con el dispositivo, de modo que el proceso de corrosión visible se interpretara como una manifestación tangible de una energía actuando sobre las plegarias.

Escepticismo arqueológico

Sin embargo, el consenso dentro de la comunidad arqueológica sigue siendo mayoritariamente escéptico. William Hafford, de la Universidad de Pensilvania, quien ha estudiado el artefacto en profundidad, sostiene que se trataba simplemente de frascos rituales destinados a contener oraciones u ofrendas votivas, según dijo a Chemistry World.

Esta interpretación se ve reforzada por el hallazgo de objetos similares en la misma zona, entre ellos un recipiente de arcilla que contenía hasta diez tubos de cobre: una configuración claramente impracticable para funcionar como batería. Desde esta perspectiva, según Hafford, las varillas de hierro no serían electrodos, sino clavos rituales. El procedimiento consistiría en introducir plegarias escritas por el cuello del recipiente, sellarlo con betún y enterrarlo como ofrenda a divinidades asociadas al mundo subterráneo.

El propio contexto del descubrimiento añade más dudas. El hallazgo fue accidental, durante la construcción de una línea férrea, y no quedó documentado mediante excavaciones arqueológicas sistemáticas. A ello se suma una pérdida irreparable: el artefacto original desapareció durante el saqueo del Museo Nacional de Bagdad en 2003. Desde entonces, las investigaciones dependen únicamente de fotografías antiguas en blanco y negro y de descripciones incompletas.

Además, como subraya el químico Gerhard Eggert en un artículo para Skeptical Inquirer, recogido por IFL Science, los experimentos modernos solo demuestran que una tecnología antigua podría haber funcionado, no que realmente se utilizara. La ausencia total de objetos galvanizados de la época, la falta de otros dispositivos comparables y la inexistencia de evidencias que indiquen un conocimiento sistemático de la electroquímica en la antigua Mesopotamia refuerzan el escepticismo frente a la llamada “batería de Bagdad”.

Hoy, a pesar de todo, el enigma de la batería de Bagdad sigue abierto. ¿Tecnología perdida? ¿Ritual malinterpretado? ¿Simple coincidencia de materiales? Más allá de las hipótesis, el caso ilustra una lección clásica de la arqueología: que algo sea técnicamente posible no lo convierte en históricamente probado. Entre la imaginación y la evidencia, la distancia sigue siendo decisiva.

Fuente: DW

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