Mundo, 19 de feb 2026 (ATB Digital).- Cuando la misión OSIRIS-REx de NASA trajo a la Tierra, en 2023, una pequeña muestra del asteroide Bennu, lo más llamativo no fue solo que ese material tuviera unos 4.600 millones de años. Fue confirmar que en esas rocas viajaban aminoácidos, moléculas imprescindibles para construir proteínas y otras piezas clave de la biología. La pregunta obvia llegó enseguida: si esos ladrillos estaban allí desde el amanecer del Sistema Solar, ¿en qué “cocina” espacial se prepararon?
Un trabajo liderado por Penn State y publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) el 9 de febrero de 2026 propone una respuesta menos cómoda que la clásica. Parte de esos aminoácidos, según sus datos, no habrían surgido en un entorno templado con agua líquida, sino en condiciones gélidas, con hielo y radiación como protagonistas. Pensarlo es como imaginar que una receta que siempre creímos de “cocción lenta” también puede salir del congelador si se enciende el “microondas” de la radiación cósmica.
Por qué importan tanto los aminoácidos
Los aminoácidos suelen presentarse como “los ladrillos de la vida”, y no es una metáfora gratuita. En el cuerpo humano, se enlazan para formar proteínas, que actúan como herramientas multiusos: unas dan estructura, otras transportan sustancias, otras aceleran reacciones químicas. Si la vida fue un edificio, las proteínas fueron vigas, puertas y motores.
Encontrar aminoácidos fuera de la Tierra fortalece una idea que lleva décadas madurando: parte de los ingredientes necesarios para que surgiera la química prebiótica pudieron formarse en el espacio y llegar después a nuestro planeta. No es que un asteroide trajera vida “ya hecha”, sino que pudo traer materiales con los que la vida tuvo más opciones de arrancar.
La teoría del agua templada y la “síntesis de Strecker”
Durante años, uno de los mecanismos favoritos para explicar la formación de ciertos aminoácidos en meteoritos y asteroides fue la síntesis de Strecker. En términos simples, esta reacción combina compuestos como cianuro de hidrógeno, amoníaco y aldehídos o cetonas en presencia de agua líquida. El escenario mental es relativamente amable: un cuerpo rocoso con zonas húmedas, temperaturas moderadas y química trabajando con calma, como una encimera de cocina con todos los utensilios a mano.
Ese modelo encajaba especialmente bien con meteoritos ricos en carbono que muestran señales de haber interactuado con agua. El problema es que, si uno mira más de cerca a Bennu, el relato empieza a torcerse.
Isótopos: el “acento” químico de cada molécula
El equipo se centró en medir isótopos de carbono y nitrógeno, variaciones sutiles en la masa de los átomos que funcionan como una especie de acento o huella de origen. Dos moléculas pueden ser químicamente iguales y, aun así, conservar diferencias isotópicas que delatan el entorno y el proceso que las formó.
Aquí entra un detalle importante: la muestra analizada era mínima, aproximadamente del tamaño de una cucharadita. Para leer esos “acentos” isotópicos en compuestos orgánicos presentes en cantidades bajísimas, el grupo recurrió a instrumentación adaptada y muy especializada. En la práctica, fue como intentar distinguir el timbre de una sola voz en un estadio lleno, y lograrlo porque el micrófono y el filtro están ajustados con precisión milimétrica.
Glicina: la pieza más simple, la más reveladora
El foco del análisis fue la glicina, el aminoácido más sencillo. Precisamente por su simplicidad, aparece con frecuencia en discusiones sobre química prebiótica: se puede formar por distintas rutas y, si está presente, suele indicar que hubo condiciones favorables para “fabricar” orgánicos básicos.
Lo sorprendente fue lo que sugirieron los datos isotópicos: parte de la glicina de Bennu encaja mejor con un origen en hielo sometido a radiación, no con un proceso dominado por agua líquida templada. Ese tipo de entorno se asocia a regiones más frías del joven Sistema Solar, donde la radiación puede modificar moléculas congeladas y abrir caminos químicos alternativos.
Si la síntesis de Strecker se parece a preparar una salsa con ingredientes mezclándose en una olla, esta otra vía se parece más a dejar ingredientes congelados en un cubito de hielo y someterlos a “chisporroteos” energéticos que cambian su estructura. No suena intuitivo, pero la química en el espacio tiene ese punto de laboratorio extremo.
Bennu frente a Murchison: dos historias con finales distintos
Para poner el hallazgo en contexto, los investigadores compararon los aminoácidos de Bennu con los del famoso meteorito Murchison, caído en Australia en 1969 y estudiado hasta la saciedad por su riqueza orgánica. Murchison suele asociarse a un historial con agua líquida en su cuerpo progenitor y condiciones relativamente moderadas, justo el tipo de ambiente donde la síntesis de Strecker encaja bien.
La comparación mostró que los patrones isotópicos no coinciden. Dicho de otra forma: Bennu no “habla” el mismo acento químico que Murchison. La lectura que propone el estudio es potente: los cuerpos progenitores de Bennu y Murchison podrían haberse formado en regiones químicamente distintas del Sistema Solar temprano, con historias térmicas y de radiación diferentes, y con rutas variadas para producir aminoácidos.
Este matiz importa porque evita una simplificación habitual: imaginar un único proceso dominante para explicar la presencia de orgánicos en rocas espaciales. Si hay varias rutas, también hay más lugares donde esas rutas pueden operar. Para la búsqueda de vida o de química prebiótica más allá de la Tierra, esa diversidad amplía el mapa de posibilidades.
El rompecabezas de las moléculas “en espejo”
El estudio también se topó con un resultado desconcertante relacionado con la “lateralidad” de los aminoácidos. Muchas moléculas orgánicas existen en dos versiones que son imágenes especulares, como mano izquierda y mano derecha. Se llaman enantiómeros y, aunque son químicamente muy parecidos, la vida en la Tierra muestra preferencias claras por una de las dos “manos” en muchos casos.
La expectativa razonable era que dos enantiómeros del mismo aminoácido compartieran firmas isotópicas similares. En Bennu, sin embargo, las dos versiones en espejo del ácido glutámico presentaron valores de nitrógeno marcadamente distintos. Eso abre preguntas incómodas: ¿hubo procesos que separaron o modificaron selectivamente una “mano” respecto a la otra? ¿Intervinieron reacciones posteriores? ¿O estamos viendo la superposición de orígenes múltiples en el mismo material?
Por ahora no hay una explicación cerrada, y el propio equipo plantea seguir analizando otros meteoritos y materiales para comprobar si Bennu y Murchison son extremos de un abanico o si solo son dos puntos en una colección mucho más variada.
Qué cambia para la historia de la química prebiótica
La consecuencia más clara es conceptual: los ingredientes de la vida pueden formarse en condiciones más diversas de lo que se asumía. No se trata de destronar al agua líquida como escenario químico relevante, sino de aceptar que el guion no es de una sola trama. En algunos cuerpos, la química orgánica pudo cocinarse en ambientes acuosos templados; en otros, pudo “hornearse” en frío bajo radiación, dentro de hielos que actuaron como matrices donde las moléculas evolucionaban a base de impactos energéticos.
Este tipo de hallazgos también revaloriza el enfoque de retorno de muestras: traer material intacto permite hacer mediciones finísimas en laboratorios terrestres y exprimir detalles que un instrumento a bordo de una sonda, por potente que sea, tendría difícil igualar. En este caso, la capacidad de medir isótopos en cantidades bajísimas fue el puente entre una sospecha vaga y una hipótesis concreta.
La historia que deja Bennu es menos lineal y más interesante: el Sistema Solar temprano no fue una fábrica uniforme, sino un conjunto de talleres con distintas temperaturas, radiaciones y materias primas. Y en varios de esos talleres, por caminos diferentes, aparecieron los mismos tipos de piezas que hoy reconocemos como fundamentales para la biología.
Fuente: Whatsnew.com
