Mundo, 29 de ene 2026 (ATB Digital) .- Asteroides, supernovas y guerras nucleares figuran entre los peores escenarios imaginables para la vida en la Tierra. Sin embargo, científicos creen que existe un animal capaz de resistir lo que acabaría al resto.
La vida en la Tierra no se caracteriza tanto por su fragilidad como por su capacidad de persistir. A lo largo de miles de millones de años, ha atravesado episodios que parecían definitivos –desde erupciones volcánicas a gran escala hasta impactos de asteroides y extinciones masivas– y, aun así, ha logrado continuar. Los registros más antiguos sitúan su origen en hace al menos 3.700 millones de años, un periodo durante el cual ha sobrevivido a crisis que eliminaron a más de tres cuartas partes de las especies existentes.
La mayor de esas crisis ocurrió hace unos 250 millones de años, durante la extinción del Pérmico, cuando desapareció alrededor del 90 % de las especies. Aun así, tras apenas unos millones de años, la vida se reorganizó y siguió adelante. Esta asombrosa capacidad de recuperación ha llevado a muchos científicos a una conclusión incómoda para nuestra especie: aunque los seres humanos desaparezcan, la vida probablemente no lo hará. Por lo que surge la pregunta: ¿qué criatura sería la última en quedar en pie?
Mientras la humanidad enfrenta amenazas que van desde el cambio climático hasta un posible conflicto nuclear, existe un diminuto animal que probablemente podría sobrevivirnos a todos. Y no, no son las cucarachas ni los escorpiones. Se trata de un humilde organismo de ocho patas que destaca por encima del resto cuando se habla de resistencia extrema: el tardígrado.

Tardígrados: los animales más resistentes del planeta
Estos microanimales, también conocidos como osos de agua, apenas alcanzan 1,2 milímetros de longitud, pero han demostrado una resistencia que desafía toda lógica biológica. Según reporta IFL Science, pueden sobrevivir periodos extremadamente largos –hasta 30 años en condiciones experimentales– sin comida ni agua, soportar temperaturas extremas –desde condiciones criogénicas cercanas al cero absoluto hasta unos 150 °C en laboratorio–, resistir presiones aplastantes y dosis de radiación letales, e incluso permanecer expuestos al vacío del espacio sin inmutarse.
El secreto de esta supervivencia extrema reside en un proceso conocido como criptobiosis. De acuerdo con el medio científico, cuando las condiciones se vuelven hostiles, los tardígrados expulsan más del 95 % del agua de sus cuerpos y se contraen hasta formar una especie de cápsula deshidratada. En ese estado de animación suspendida pueden permanecer potencialmente durante décadas, hasta que el entorno vuelve a ser favorable.
Amenazas cósmicas: asteroides, supernovas y rayos gamma
Pero más allá de sus aparentes superpoderes biológicos, lo verdaderamente interesante es lo que representan: una prueba tangible de que la vida, una vez que logra establecerse, puede ser extraordinariamente difícil de erradicar. Un estudio publicado en 2017 por físicos de las universidades de Oxford y Harvard, y recogido por medios como IFL Science y VICE, analizó tres de los peores escenarios astrofísicos imaginables: impactos de asteroides gigantes, explosiones de supernovas cercanas y estallidos de rayos gamma. Todos ellos serían devastadores para la humanidad y para la mayoría de las especies del planeta. Los tardígrados, sin embargo, probablemente sobrevivirían.
Para que el impacto de un asteroide pudiera acabar con ellos, explican los investigadores, tendría que ser un evento capaz de alterar de forma drástica el equilibrio térmico del planeta, elevando las temperaturas globales hasta niveles incompatibles con la existencia de océanos líquidos. De los cuerpos conocidos en el sistema solar, únicamente una docena de asteroides y planetas enanos alcanzan ese umbral de masa –entre ellos Plutón–, y ninguno de ellos se espera que intercepte la órbita terrestre.

En el caso de una supernova, la explosión tendría que producirse a menos de 0,14 años luz de distancia para evaporar los océanos del planeta. El inconveniente es evidente: la estrella más cercana al Sol se encuentra a más de cuatro años luz.
Algo similar ocurre con los estallidos de rayos gamma, los eventos más energéticos del universo. Para provocar un calentamiento global capaz de hervir los mares, tendrían que originarse a menos de 40 años luz de la Tierra, una posibilidad considerada mínima antes de que el propio Sol llegue al final de su vida.
En ese sentido, los investigadores concluyen que, salvo que ocurra un evento capaz de hacer hervir literalmente todos los océanos del planeta, los tardígrados seguirán aquí, indiferentes a nuestro final.
“Los tardígrados son lo más parecido a seres indestructibles que existe en la Tierra”, señala el físico Rafael Alves Batista, de la Universidad de Oxford en un comunicado. “Sin nuestra tecnología para protegernos, los seres humanos somos una especie extremadamente sensible. Cambios sutiles en nuestro entorno pueden afectarnos de forma dramática”.
Guerra nuclear y el fin de la vida en la Tierra
Paradójicamente, más allá de los escenarios extremos esbozados por los científicos, una de las amenazas más inmediatas para la vida compleja puede que no llegue del espacio, sino de nosotros mismos. Las armas nucleares representan un riesgo real y cercano, cuyos efectos irían mucho más allá de la destrucción inmediata en tierra firme.
Un estudio publicado en AGU Advances y citado por la Universidad de Colorado Boulder en mayo de 2023 modeló distintos escenarios de guerra nuclear y concluyó que el hollín generado por las explosiones bloquearía la luz solar durante aproximadamente una década, provocando un enfriamiento global abrupto.
En un conflicto a gran escala entre Estados Unidos y Rusia, por ejemplo, las temperaturas medias globales podrían descender unos 10 °C en los tres años posteriores.
Los océanos, que cubren más del 70 % del planeta, se enfriarían rápidamente y desarrollarían extensas capas de hielo marino. La fotosíntesis del fitoplancton –base de la cadena alimentaria marina– se vería gravemente afectada, desencadenando una grave reacción en cadena en los ecosistemas oceánicos.
“Si las algas desaparecen, todo lo demás también desaparece”, advirtió Nicole Lovenduski, coautora del estudio, en el comunicado de la Universidad de Colorado Boulder.
Incluso conflictos nucleares regionales más limitados producirían efectos globales duraderos, según las simulaciones. Y, a diferencia de los tardígrados, los seres humanos dependemos de sistemas agrícolas, cadenas de suministro y condiciones climáticas extremadamente sensibles.
Aun así, ni la guerra nuclear ni los asteroides marcarán el final definitivo de la vida en la Tierra. Ese destino está reservado para el Sol.
Dentro de unos 5.000 millones de años, cuando el Sol agote su hidrógeno y se transforme en una gigante roja, se expandirá hasta engullir a Mercurio y Venus y, probablemente, también a la Tierra. Mucho antes de que el Sol alcance esa fase final, el progresivo aumento de su luminosidad transformará de manera irreversible el entorno terrestre.
La intensificación de la radiación alterará la estabilidad climática del planeta, provocará la pérdida gradual de su atmósfera y acabará por eliminar el agua superficial que hoy hace posible la vida. El resultado será una Tierra convertida en un mundo seco e inhóspito, incapaz de sostener incluso a los organismos más resistentes.
Ese será el punto final incluso para los tardígrados, al menos a escala planetaria. Puede que algunas bacterias extremófilas resistan durante un tiempo, pero la vida, tal como la conocemos, llegaría a su fin.
Hasta entonces, la lección es clara: la Tierra no necesita a los humanos para seguir viva. Nosotros, en cambio, sí necesitamos un planeta estable para sobrevivir. Y en ese delicado equilibrio, los tardígrados nos llevan millones de años de ventaja.
Fuente: DW
