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El aromático de silicio que llevaba medio siglo “esperando” en la pizarra

Mundo, 20 de feb 2026 (ATB Digital).- En química, pocas ideas son tan influyentes como la aromaticidad. No es solo un concepto de libro: explica por qué ciertas moléculas son sorprendentemente estables y por qué se convierten en piezas clave para fabricar materiales, medicamentos o catalizadores. El ejemplo escolar por excelencia es el benceno, pero hay toda una familia de “anillos” con electrones compartidos que se comportan como si la molécula tuviera un cinturón de seguridad extra.

Durante décadas, muchos químicos se hicieron una pregunta casi de ciencia ficción: si el carbono puede formar anillos aromáticos tan robustos, ¿podría el silicio, su vecino en la tabla periódica, lograr algo parecido? La comparación no es un capricho. El silicio comparte “familia” con el carbono, y por eso aparece en múltiples estructuras químicas con cierto aire de parentesco. El problema es que, en la práctica, el silicio juega con reglas distintas: es más grande, más “metálico” en su comportamiento y menos insistente en retener sus electrones. Eso suele traducirse en estructuras menos disciplinadas: anillos que se doblan, enlaces que se reorganizan, moléculas que no se dejan “planchar” en una geometría estable.

Esa diferencia, que parece un matiz, fue la barrera que impidió durante casi cincuenta años sintetizar un anillo aromático formado solo por silicio y con cinco átomos en el aro. La noticia es que esa barrera acaba de caer: ya existe un anillo de silicio aromático de cinco miembros, el pentasilacyclopentadienide, confirmado experimentalmente y publicado en Science por un equipo de la Universidad del Sarre (Saarland University).

Qué se ha creado exactamente: el pentasilacyclopentadienide

El nombre pentasilacyclopentadienide suena intimidante, pero la idea de fondo es clara si se imagina como una “rueda” de cinco átomos. En su versión clásica de carbono, esa rueda es el anión ciclopentadienilo (cyclopentadienide), muy conocido en química organometálica y fundamental para construir catalizadores y complejos metálicos. Lo extraordinario del nuevo compuesto es que reemplaza los cinco carbonos por cinco silicios y aun así cumple el criterio de aromaticidad.

El equipo liderado por David Scheschkewitz, con Ankur y Bernd Morgenstern, logró aislar esta especie y caracterizarla con técnicas como difracción de rayos X, un punto crucial para demostrar cómo se ordenan los átomos en el espacio. La publicación en Science lo presenta como una especie Hückel aromática situada “en la frontera” entre la resonancia y un equilibrio ultrarrápido entre formas estructurales. Dicho de manera cotidiana: no es una rueda rígida como un aro de metal, sino más bien una rueda que “respira” y cambia sutilmente de postura sin perder su identidad electrónica.

La clave está en una regla simple: la regla de Hückel

Para que una molécula sea aromática no basta con que sea un anillo. Debe tener electrones compartidos que se deslocalicen alrededor del ciclo y, de forma ideal, una geometría cercana a lo plano. La famosa regla de Hückel lo resume con una fórmula que, aunque nacida en el siglo XX, sigue guiando la química moderna: los sistemas aromáticos estables suelen tener 4n + 2 electrones π deslocalizados.

En el caso de un anillo de cinco miembros, el conteo clásico lleva a un sistema de 6 electrones π, el mismo “número mágico” que sostiene la aromaticidad del ciclopentadienilo de carbono. El desafío histórico era lograr que el silicio aceptara ese reparto de electrones sin romper la baraja: los átomos de silicio tienden a preferir otras formas de enlace, y los anillos grandes de silicio se habían resistido a encajar en la definición estricta de aromaticidad.

Esta vez, la evidencia experimental y el soporte computacional apuntan a que el reparto electrónico sí se consigue. No se trata de una analogía simpática, sino de un nuevo miembro real en la familia de los aromáticos, solo que con una personalidad distinta porque el silicio no es carbono con otro traje.

Por qué costó tanto: tamaño, flexibilidad y “tentaciones” del silicio

Si el carbono fuera un ladrillo Lego estándar, el silicio sería un ladrillo más grande y con cierta elasticidad. Esa diferencia de tamaño hace que los ángulos y distancias ideales para un anillo plano sean más difíciles de mantener. A la vez, el silicio se deja seducir por enlaces y reorganizaciones que al carbono no le resultan tan naturales. El resultado es que, cuando se intenta construir un aromático de silicio, la estructura puede preferir doblarse, adoptar una forma no plana o transformarse en otro tipo de compuesto.

Durante años solo se había confirmado un aromático “todo silicio” más pequeño: un análogo del ciclopropenio (tres miembros), reportado en 1981 como un hito temprano de enlaces π estables en silicio. Pasar de tres a cinco miembros parecía un salto lógico, como pasar de un triciclo a una bicicleta, pero en química el salto puede parecerse más a cambiar de patinete a avión: cambian las fuerzas dominantes. El nuevo pentasilacyclopentadienide muestra que ese salto era posible, aunque con matices estructurales que lo hacen especialmente interesante para explorar reactividad futura.

Dos laboratorios, un mismo destino: Alemania y Japón publican “en paralelo”

Hay un detalle que refuerza la solidez del avance: casi al mismo tiempo, un grupo de la Universidad de Tohoku (Sendai, Japón), liderado por Takeaki Iwamoto, reportó un enfoque complementario relacionado con ciclopentadienidos de silicio y un anillo Si₅ aromático con carácter no planar. Ambas contribuciones se publicaron en Science con DOIs distintos, como una especie de “verificación cruzada” independiente que en  ciencia vale oro.

Esta coincidencia no es rara cuando una idea madura lo suficiente: diferentes equipos, con herramientas y estrategias distintas, llegan a una zona donde la química por fin “se deja” sintetizar. En lugar de restar protagonismo, suele sumar confianza: si dos rutas convergen, el fenómeno probablemente no era un espejismo experimental.

Qué podría cambiar: catalizadores, materiales y una química con nuevas palancas

Hablar de aplicaciones inmediatas sería precipitado, pero sí hay un terreno lógico donde este tipo de moléculas puede tener impacto: catalizadores y materiales. El anión ciclopentadienilo de carbono es un ligando estrella en química organometálica; funciona como una pinza electrónica que estabiliza metales y modula su reactividad. Muchas tecnologías industriales dependen de catalizadores afinados al milímetro, desde procesos de polimerización hasta síntesis a gran escala.

Aquí entra la gran promesa del silicio: al ser más proclive a redistribuir electrones y a comportarse de manera más “metálica”, puede ofrecer un tipo de control distinto. Es como cambiar un mando mecánico por uno electrónico: se abren ajustes que antes no existían. La Universidad del Sarre ha subrayado precisamente esa idea, señalando que sustituir carbono por silicio en estos sistemas podría dar acceso a compuestos y catalizadores con propiedades diferentes y potencialmente útiles.

También hay un ángulo de materiales: si se pueden construir familias de anillos de silicio aromáticos, podrían aparecer nuevas rutas hacia estructuras con propiedades ópticas, electrónicas o de estabilidad térmica peculiares. No es que el pentasilacyclopentadienide vaya a terminar mañana en un producto comercial, pero sí funciona como una “llave maestra”: demuestra que el diseño es viable y permite empezar a imaginar derivados, sales, complejos con metales, y reacciones que antes se quedaban en el papel.

Una frontera conceptual: entre resonancia y equilibrio ultrarrápido

Uno de los aspectos más sugerentes del trabajo es que no solo añade una molécula nueva al catálogo: también cuestiona una división que solemos enseñar como clara. En la explicación clásica, la aromaticidad se asocia a resonancia, una representación donde varias estructuras contribuyen a un mismo estado promedio. En el caso reportado, los datos sugieren que el anillo podría oscilar entre formas no planas en un equilibrio tan rápido que, a escala experimental, se percibe una entidad aromática estable.

La metáfora útil sería la de un ventilador: si miras las aspas en cámara lenta, ves posiciones distintas; si lo miras a velocidad normal, ves un disco continuo. Aquí, el “disco” sería la aromaticidad observable, y las “aspas” serían las geometrías que el sistema explora a gran velocidad. Ese tipo de comportamiento puede convertirse en una ventaja, porque la flexibilidad controlada a veces habilita reacciones y coordinaciones que un anillo rígido no permitiría.

Fuente: Whatsnew.com

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