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Nuestros antepasados ya vivían en el suelo pero estos ‘primos’ evolutivos decidieron volver a subir a los árboles

Reconstrucción de un cráneo de paranthropus

Mundo, 13 may 2026 (ATB Media).-Nuevas evidencias sugieren que los Paranthropus robustus podían trepar mejor que los humanos, lo que indicaría un tipo de vida arborícola.

En 1938 unos restos extraños aparecieron en la que empezaba a perfilarse como la cuna de la humanidad. Los fósiles parecían de Australopithecus africanus, un antepasado de los humanos, pero eran muy diferentes a los que se habían encontrado hasta entonces. Este humanoide contaba con unas mandíbulas muy potentes, con grandes molares y premolares, y unos caninos e incisivos relativamente pequeños. Esta gran mandíbula llevo a una falsa conclusión de que la especie a la que pertenecía debía ser más grande que el resto de los humanoides coetáneos, por lo que se denominó Paranthropus robustus, y se convirtió en una incógnita en el puzle de la evolución humana.

Se estima que P. robustus habitó la región que actualmente ocupa Sudáfrica hace entre 2,27 y 0,87 millones de años, y fue una especie posterior a A. africanus. En las décadas siguientes, con el hallazgo de más yacimientos fósiles se pudo confirmar que no eran humanoides grandes, sino que únicamente tenían mandíbulas más potentes, probablemente por una dieta basada principalmente en el consumo de frutos secos y plantas duras. Sin embargo, también se han hallado evidencias de restos de hogueras y de huesos quemados en yacimientos que podrían ser lugar de paso de esta especie, lo que sugiere una dieta omnívora.

Aunque ha habido una cuestión que siempre había quedado en el aire. Si estos homininos estaban especializados en el consumo de frutos y plantas ¿conservarían rasgos de especies arbóreas? o ¿caminarían erguidos y serían principalmente bípedos? Hasta ahora, la respuesta siempre se ha escurrido entre los dedos de los paleoantropólogos, pero unas nuevas evidencias parecen haber dado con la respuesta.

Todos abajo, y unos pocos arriba

Los Australopithecus africanus, ya pasaban gran parte de su tiempo en el suelo y podían desplazarse de forma erguida de una forma eficiente. Pero según indican las nuevas evidencias, algunos de sus descendientes decidieron que era una buena idea volver a subir a los árboles. Entre estos rebeldes arborícolas se encontrarían los antepasados de P. robustus, que encontraron cobijo en las ramas de los bosques africanos. Estos bosques fueron especialmente abundantes entre hace 2 y 1,75 millones de años, en un período en el que África era más húmeda que en la actualidad.

La pista de este pasado arborícola proviene del análisis de un fémur y una tibia articulados. El fósil pertenece a un espécimen de un P. robustus de 1,8 millones de años de antigüedad procedente del sur de África. Concretamente, la anatomía de ambos huesos encaja con una distribución de pesos y tipo de movimientos más relacionados con la acción de trepar que con la de caminar.

Además, las características que han podido observar en los huesos de la cadera y en el tobillo sugerían que hacía movimientos frecuentes de flexión, levantando mucho la cadera o bajando la pelvis. Estos movimientos sirven para concentrar el centro de masas y aportar estabilidad en los movimientos, un hecho que todavía se puede observar en primates modernos como los gorilas y los chimpancés.

Lo más curioso es que el análisis de especímenes de A. africanus procedentes de Sterkfontein, un yacimiento datado en 3,4 millones de años de antigüedad, son más parecidos a los humanos modernos que los examinados de P. robustus. Esto aporta robustez a la evidencia de que, aunque P. robustus es más reciente que A. africanus, es probable que en cierto momento encontrase refugio en los árboles y decidiese volver a subir. Así pues, según indican los autores, que las dos especies ocupaban nichos ecológicos diferentes.

El fin de un primo homínido

Debido a un cambio climático que comenzó hace 1,75 millones de años, los bosques tropicales de África fueron retrocediendo y empujando con ellos a las especies que lo habitaban. A pesar del cambio climático, P. robustus tenía cierta capacidad de adaptación, por lo que no se extinguió inmediatamente. Cuando ocurrían grandes sequías que acababan con los bosques, P. robustus desaparecía con ellos, pero en cuanto llegaba una época un poco más húmeda, volvían a repoblar los terrenos perdidos.

Aunque finalmente, con el cambio a un clima más seco, los bosques no acabaron de recuperarse y las poblaciones aisladas de Paranthropus fueron desapareciendo poco a poco hace alrededor de 900.000 años. Desde entonces, el género Homo pasó a ser el único hominino en la Tierra. La historia de nuestros “primos” arborícolas moriría con el último de ellos, pero gracias a aplicar el sapiens, que porta nuestra especie como apellido, estamos reescribiendo sus últimos pasos, y esta vez con evidencia científica, aunque nos guste irnos por las ramas de cuando en cuando.

Fuente: The National Geographic España

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