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Todo a la vez en todas partes gana el Oscar a mejor película y se corona como nueva esperanza de Hollywood

Mundo, 13 mar 2023 (ATB DIGITAL). – Todo a la vez en todas partes gana el Oscar a mejor película y hace buenos los pronósticos: se convierte en la mejor del año, logra siete premios y señala el camino de renovación de Hollywood.

Hollywood ha elegido a sus dos mesías. Los Daniels, a lomos del estudio de moda A24, son desde la madrugada del domingo al lunes los señalados para crear el elixir de la eterna juventud por decisión de una industria atemorizada y contra las cuerdas, no queda claro si solo envejecida o simplemente en estado de coma. Los siete Oscar de Todo a la vez en todas partes se antojan la definición perfecta del miedo. O de la esperanza tal vez. Lo logrado por una película que hace profesión de fe de su independencia deslenguada tiene pocos antecedentes. Que una comedia incatalogable y algo soez, que también es película de ciencia-ficción, cinta de acción y melodrama familiar recaude 73 millones de dólares y se encarame al puesto 27 de las producciones más vistas del año en Estados Unidos, y lo haga con una distribución en salas que no alcanza a la mitad de sus competidores, solo quiere decir que las cosas han cambiado y que el público quizá es otro. Hay vida más allá de Marvel.

Pronto quedó claro que, en ausencia de bofetadas, toda la noche era suya. En todas partes. O casi, con permiso de Sin novedad en el frente. Justo después de que Guillermo del Toro de la mano de Netflix se hiciera con su Oscar a la película de animación por su versión stop-motion de Pinocho, Ke Huy Quan, antes conocido como Tapón en Indiana Jones, se emocionaba. Y lo hacía a lo grande por su estatuilla como mejor secundario. Poco importaba que el suyo fuera el premio más evidente, el que no admitía duda alguna, el que peor se pagaba en las apuestas. Para un hombre que primero fue refugiado, luego niño prodigio en la pantalla, más tarde actor fracasado durante más dos de décadas y, por fin, simplemente actor, el premio le supo a gloria. “El verdadero sueño americano”, dijo a voz en grito. Y sonó convincente. Fue el primero.

Acto seguido, tocaba la prueba de fuego. O del algodón. Si Jamie Lee Curtis, sobre las quinielas la segunda opción tras la favorita Angela Bassett, lograba su Oscar, eso quería decir algo. Y así fue. Fue algo. Su discurso, que no resultó menos emocionante que el de su compañero de fatigas y reparto, dejaba claro su magisterio y dinastía. No en balde, la que hablaba (todos en pie) no sólo es la Reina para siempre del Grito también es hija de Tony Curtis y Janet Leigh. Más tarde, en el backstage y ante la prensa, su discurso apasionado y sin complejos a favor de la mujer, de su hija trans y de las políticas inclusivas dejó claro que su reinado va mucho más allá de los decibelios. Enorme.

Y así fueron cayendo, uno tras otro, todos los demás. Tras convertir el laberíntico amontonamiento de planos entre mundos paralelos y posibles en el mejor montaje del año para Paul Rogers, llegó el turno para los directores que también son guionistas. Se levantaron enfebrecidos y felices Daniel Kwan y Daniel Scheinert y, los mismos que convirtieron a Harry Potter en una moto naútica propulsada a pedos (eso ocurrió en su cinta anterior Swiss Army Man), se coronaron, ya se ha dicho, como mesías del nuevo tiempo. Quedaba el momento más caliente de la noche antes de llegar a la cumbre, al fin, al Apocalipsis. ¿Sería Michelle Yeoh capaz de derrotar a la todopoderosa Cate Blachett? Y también fue. Todo fue. Yeoh, heroína de mil patadas y pimera mujer de origen asiático en lograr lo logrado, lloró. Y volvió a hacerlo. Y una vez más. El anuncio de la película del año se antojó puro trámite. Pobre Spielberg.

Y en lugar de excepción, a la derecha del ganador, Sin novedad en el frente, de Edward Berger. Para la superproducción alemana basada en la novela de Erich Maria Remarque con el sello Netflix fueron los premios de fotografía (brillante el tono elegiaco, gris y sangrante de James Friend), el diseño de producción contra todo pronóstico (delirante el paseo por las tripas de las trincheras que facilitan Christian M. Goldbeck y Ernestine Hipper), la banda sonora intensa, chirriante y obsesiva de Volker Bertelmann y el que designa a la película internacional (lástima Argentina 1985). Gran logro, por fin de Netflix, que convierte en cuatro Oscar sus nueve candidaturas. También esto apunta al futuro. Y no sólo por Netflix, sino por Alemania. Moraleja: Hollywood quiere deslocalizarse.

Por su puesto y por importancia, Brendan Fraser y su redención con La ballena, de Darren Aronofski. Para él fue el premio al actor del año que vino a sumarse al del espectacular, más aparatoso que conseguido realmente, maquillaje. De este modo, llegaba a su fin el paseo de lágrimas y acusaciones que inició en el Festival de Venecia. Bien por él. Bien por las amargas lágrimas de Fraser.

En el pelotón de un Oscar por cabeza: Wakanda forever, Ryan Coogler, Avatar: el sentido del agua, de James Cameron, Ellas hablan, de Sarah Polley, y Top Gun: Maverick, de Joseph Kosinski, que se llevaron, por orden, el de vestuario por las plumas; los efectos especiales por los Navi’i; el guión adaptado por feroz y radiantemente feminista y por el libro de Miriam Toews, y el sonido atronador de motores que despegan. Todos ellos y RRR, por su canción Natuu Natuu, claro.

Y llegados a este punto. Nótese el hueco que deja Los Fabelman, de Steven Spielberg, y sus siete candidaturas fallidas. Nótese el agujero de Almas en pena de Inisherin, de Martin McDonagh, y sus ¡nueve! nominaciones perdidas en Irlanda. Nótese el vacío que deja en la pista de baile de Elvis, de de Baz Luhrmann, y sus ocho… Toda una escabechina. Pobre Spielberg.

Sobre la gala poco que decir. Y eso que así dicho parece decir poco. En realidad es mucho decir. Jimmy Kimmel, el presentador, dijo lo justo para no ser ni aburrido ni ser noticia. Bien dicho. Convirtió en chiste la bofetada del año pasado de Will Smith una y otra vez (cansino), rindió pleitesía al superhéroe Fabelman (es decir, el director más nominado Spielberg) y sacó a pasear un burro. Lo del oso, mal, todo sea dicho. Y luego se bailó Natuu Natuu, que es como la Macarena, pero a lo bestia. Qué bien ellos y qué mal Rihanna. Por supuesto, todo eterno. Como siempre. Cambiará el mundo, cambiará Hollywood, pero los Oscar siguen en el mismo sitio.

Y así las cosas, todo para todo. Empieza un todo nuevo tiempo. O esa es la idea. Pobre Spielberg.

El Mundo

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