Mundo, 09 de ene 2026 (ATB Digital).- Los dispositivos wearables de salud se han vuelto casi cotidianos: parches que siguen la glucosa, bandas pectorales que registran el ritmo cardiaco, tensiómetros “inteligentes”, relojes que vigilan constantes y hasta parches de ultrasonido pensados para pruebas rápidas. Su promesa es clara: medir sin parar para detectar antes, ajustar tratamientos y dar tranquilidad a pacientes, mayores, deportistas o personas que simplemente quieren entender mejor su cuerpo.
Esa utilidad tiene un reverso menos visible. Por pequeños que parezcan, estos aparatos son electrónica avanzada: semiconductores, placas de circuito, baterías, adhesivos, polímeros y, en algunos casos, metales valiosos. Todo eso se fabrica, se transporta, se usa y se desecha. Y cada paso suma una huella de carbono y otros impactos ambientales que no se ven en la app.
Un equipo de la Universidad de Chicago y Cornell University se propuso cuantificar ese coste ecológico con un enfoque completo, de “cuna a tumba”. Sus resultados, publicados en Nature y difundidos por Phys.org, apuntan a un problema que crece a medida que estos sistemas se convierten en infraestructura sanitaria digital: si el consumo global despega como se espera, el impacto agregado deja de ser anecdótico.
Medir de “cuna a tumba”: cómo se calcula el impacto real
El estudio se apoya en una evaluación de ciclo de vida (LCA, por sus siglas en inglés), un método que no se queda en el uso del dispositivo, sino que contabiliza materias primas, fabricación, transporte, consumo energético durante la vida útil y gestión al final (reciclaje, vertedero, incineración). Para un gadget médico, esto importa mucho: una cosa es lo que gasta mientras funciona y otra lo que “costó” producirlo.
Los investigadores escogieron cuatro ejemplos representativos por relevancia clínica y diversidad tecnológica: un monitor continuo de glucosa no invasivo, un monitor continuo de electrocardiograma (ECG), un monitor de presión arterial y un parche de ultrasonido para punto de atención. Trabajaron con simulaciones de incertidumbre (Monte Carlo) para no vender cifras como absolutas y usaron modelos de difusión para proyectar adopción futura, algo clave cuando hablamos de tecnologías en expansión.
Lo interesante de este enfoque es que te obliga a mirar el wearable como un “objeto completo” en su ecosistema. Es como evaluar el impacto de un café: no basta con el sorbo; cuenta el cultivo, el transporte, la taza, el lavado y los residuos.
La huella de carbono por dispositivo: pequeña a escala individual, enorme en masa
En términos de calentamiento global, los resultados por unidad se mueven en un rango que puede parecer moderado: entre 1,1 y 6,1 kg de CO₂ equivalente por dispositivo, según el tipo. El monitor de presión arterial aparece como el más contenido (en torno a 1,06 kg CO₂e), el ECG ronda 1,30 kg CO₂e y el parche de ultrasonido se va a la parte alta (sobre 6,11 kg CO₂e).
El matiz que cambia la lectura es la frecuencia de reemplazo. No todos los wearables duran lo mismo. Cuando los autores anualizan el impacto teniendo en cuenta cuántas unidades se usan y se tiran en un año, las diferencias se disparan: el monitor de presión arterial queda alrededor de 0,5 kg CO₂e al año, el ECG sube a unos 33,8 kg CO₂e anuales y el monitor continuo de glucosa alcanza cerca de 50,6 kg CO₂e al año por usuario, precisamente porque suele renovarse a intervalos cortos.
Aquí aparece el “efecto mariposa” del que habla el análisis: un dispositivo diminuto puede ser insignificante por sí solo, pero si se reemplaza cada pocos días y lo usan millones de personas, el aleteo se convierte en tormenta.
El caso del monitor continuo de glucosa: 14 días y a la basura
El ejemplo más ilustrativo es el de la glucosa continua. Un solo dispositivo, desde su producción hasta el uso, se estima alrededor de 2 kg de CO₂ equivalente. Para aterrizarlo, los autores lo comparan con conducir un coche de gasolina unos pocos kilómetros (aproximadamente cinco millas). La cifra no asusta si piensas en una compra aislada; lo que inquieta es la repetición: muchos de estos sensores están pensados para durar unos 14 días y luego se sustituyen.
Ese ciclo corto funciona como una cuchilla de afeitar con recambios: el mango no es lo caro, lo caro es comprar cuchillas una y otra vez. En carbono pasa algo parecido. Con proyecciones de ventas que podrían superar los 1.400 millones de unidades anuales hacia 2050, el impacto agregado solo de estos monitores podría rondar 2,7 millones de toneladas métricas de CO₂ equivalente al año, según los cálculos del estudio.
El punto caliente está dentro: placas, chips y materiales críticos
Uno de los hallazgos más incómodos es que, en ciertos dispositivos, la mayor parte del impacto no viene del uso, sino de la fabricación interna. En el sensor de glucosa, más del 95% de la contribución al calentamiento global se atribuye a componentes como placas de circuito impreso y semiconductores, ligados a procesos industriales intensivos en energía: purificar materiales, producir obleas de silicio, fabricar circuitos integrados.
En el análisis por componentes, los autores sitúan a las placas flexibles (flex PCB) en el centro del impacto en los cuatro casos. Y señalan focos concretos: el oro en circuitos integrados, las obleas de silicio, polímeros como la poliimida (muy usada en electrónica flexible) y las baterías. A esto se suman riesgos de toxicidad y residuos electrónicos, porque muchos wearables combinan materiales difíciles de separar, adhesivos y formatos pensados más para comodidad que para desmontaje.
Hay otra capa que suele pasar desapercibida: la energía que se consume fuera del dispositivo. Si el wearable forma parte de una red que envía datos, se apoya en Bluetooth, móviles, nube, analítica y, cada vez más, modelos de inteligencia artificial para interpretar señales. La electrónica en tu piel es solo la puerta de entrada a una infraestructura digital que también tiene coste energético.
Qué se puede hacer: del “cambiar plástico” a rediseñar el producto
El estudio modela varias estrategias de mitigación y aquí conviene ser pragmáticos: no todas mueven la aguja igual.
Las sustituciones de plásticos por alternativas biodegradables o el reciclaje total de plásticos ofrecen reducciones pequeñas en calentamiento global. Para el monitor de glucosa, los escenarios con celulosa, PLA o almidón, o incluso reciclaje completo del plástico, recortan del orden de un par de puntos porcentuales. En el mejor de los casos te llevas un avance modesto, útil pero insuficiente, porque el peso del impacto está en la electrónica, no en la carcasa.
Los cambios más potentes aparecen cuando se toca el corazón del dispositivo. Reemplazar metales críticos como el oro por alternativas como plata, cobre o aluminio en circuitos integrados puede reducir el impacto de calentamiento global hasta alrededor de un 30% y mejora de forma notable métricas ligadas a toxicidad (por ejemplo, ecotoxicidad en agua dulce y toxicidad humana no cancerígena, con recortes superiores al 60% en los escenarios modelados).
Otro gran salto viene del diseño modular. Si un wearable se construye con interfaces “enchufables”, se pueden reutilizar partes de vida larga (circuitería principal) y sustituir solo lo que se degrada o caduca. En los modelos del trabajo, esto baja el impacto por uso entre aproximadamente un 55% y un 62% en tres de los tipos de dispositivos. Traducido a vida real: en vez de tirar el “cerebro” cada dos semanas, conservas lo valioso y cambias el “consumible”.
Por último, está la electricidad. Migrar a una red más limpia, con más energía renovable, reduce el calentamiento global total en torno al 45%–52% según el dispositivo. Es un recorte enorme, aunque con una advertencia importante: no arregla por sí solo otros impactos como ecotoxicidad o consumo de agua, que dependen de materiales, químicos y procesos concretos. Descarbonizar la electricidad es como mejorar la dieta sin cambiar el sedentarismo: ayuda mucho, pero no cubre todos los frentes.
Un futuro con 2.000 millones de unidades al año: la escala lo cambia todo
Los autores proyectan un crecimiento explosivo: un aumento de consumo global que podría multiplicarse decenas de veces hacia 2050, acercándose a los 2.000 millones de unidades anuales si se combinan categorías y usos. Con una proyección “moderada”, el total anual de emisiones de estos wearables se estima en torno a 3,4 millones de toneladas métricas de CO₂ equivalente, con impactos asociados en toxicidad y generación de e-waste.
Compararlo con un sector urbano ayuda a entenderlo: ya no se trata del “capricho” de un gadget, sino de una nueva capa de infraestructura sanitaria. Y como toda infraestructura, conviene diseñarla bien desde el principio. El estudio propone que la ingeniería de sistemas se apoye en la evaluación de ciclo de vida y en modelos de adopción para evitar que la innovación clínica venga con una factura ambiental creciente.
Fuente: Whatsnew.com
