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Islandia era un país sin mosquitos, pero algo ha cambiado: el calentamiento ha roto una barrera histórica

Islandia era un país sin mosquitos, pero algo ha cambiado: el calentamiento ha roto una barrera histórica

Mundo, 21 abr 2026 (ATB Media).- La aparición del insecto al norte de Reikiavik rompe una rareza histórica del mundo polar y activa una alerta por sus efectos sobre aves, ganado, salud y ecosistemas árticos.

Un equipo de científicas ha confirmado que Islandia, durante siglos el único país ártico sin mosquitos, ya ha dejado de ser una excepción tras la detección de tres ejemplares al norte de Reikiavik en 2025. Lo que podría parecer una anécdota entomológica encierra en realidad una señal mucho más perturbadora: el Ártico está cambiando tan deprisa que incluso sus barreras biológicas más antiguas empiezan a ceder. 

El aviso llega en forma de editorial científico. En Science, Amanda M. Koltz y Lauren E. Culler sostienen que la llegada de mosquitos a Islandia no es un episodio aislado ni un simple avance geográfico de un insecto molesto, sino la expresión visible de una reorganización ecológica en el Ártico para la que la región todavía no dispone de vigilancia suficiente. 

La imagen es poderosa, pues el último refugio polar sin mosquitos acaba de perder su singularidad. Y cuando ese límite cae, no solo cambia el verano islandés. También cambian los ritmos de la tundra, el comportamiento de los animales, la exposición a patógenos y la capacidad humana para anticipar lo que viene después. Ese es, precisamente, el corazón del problema.

El fin de una rareza biológica que parecía intocable

Durante mucho tiempo, Islandia ocupó un lugar casi legendario en la biogeografía del norte: era la única nación ártica donde los mosquitos no habían logrado establecerse. Esa excepcionalidad descansaba en un equilibrio climático delicado, con inviernos, deshielos y ciclos térmicos poco favorables para completar el desarrollo larvario de estos dípteros. La detección de ejemplares en Kjós, unos kilómetros al norte de Reikiavik, sugiere que ese equilibrio ya se ha roto

El detalle importa. No se trata solo de que hayan aparecido insectos voladores en un país donde antes no estaban. Se trata de que han aparecido en el contexto de un Ártico que se calienta de forma extraordinaria. Un estudio publicado en Communications Earth & Environment estimó que, entre 1979 y 2021, la región ártica se calentó casi 3,8 veces más rápido que el promedio global, con áreas oceánicas que llegaron incluso a multiplicar por siete ese ritmo. Ahí surge el primer gran gancho de esta historia: cuando cambia la temperatura, no cambia solo el paisaje; cambia quién puede vivir en él. Los mosquitos dependen de ciclos de agua, temperaturas de desarrollo y ventanas estacionales concretas. Allí donde antes el frío funcionaba como una muralla invisible, hoy comienzan a abrirse rendijas. Y las especies oportunistas, como suele ocurrir en ecología, son las primeras en cruzarlas

Las autoras del editorial insisten en que Islandia debe leerse como un símbolo. Lo que aparece en la isla no es solo un insecto: es una prueba de que el mapa ecológico del Ártico está siendo redibujado. Esa transformación no tiene únicamente implicaciones locales. Funciona también como una señal temprana de lo que podría consolidarse en otras áreas polares bajo presión climática creciente

Aves, renos, ganado y personas: las consecuencias que ya asoman

La palabra mosquito suele evocar una simple molestia doméstica, un zumbido nocturno, una picadura en la piel. En el Ártico, sin embargo, su expansión puede desencadenar una cadena de efectos mucho más seria. Koltz y Culler describen impactos sobre aves migratorias, alteraciones en los patrones de pastoreo de renos y caribúes y posibles cambios en la vegetación, todo ello en ecosistemas donde pequeños desajustes pueden propagarse con rapidez. 

En las aves limícolas, por ejemplo, el problema no se reduce al insecto adulto. Los artrópodos forman parte esencial del calendario alimentario de los polluelos, y cuando el deshielo se adelanta o se alteran los ciclos de eclosión, se produce un desacople entre el momento en que las crías necesitan alimento y el momento en que ese alimento está disponible. En ecología, ese desajuste fenológico puede ser devastador aunque el cambio aparente sea de apenas unos días o unas semanas

Con los grandes herbívoros ocurre algo parecido, pero visible a escala del paisaje. Nubes densas de insectos hematófagos obligan a renos y caribúes a moverse más, descansar menos y modificar sus zonas de alimentación. Ese estrés reduce el tiempo de pastoreo y afecta a la condición corporal de animales de los que dependen tanto cadenas tróficas completas como actividades humanas tradicionales. Lo inquietante es que el efecto no termina en el animal hostigado: se extiende al uso del territorio y, por tanto, a la dinámica de la vegetación

Pero hay un detalle aún más desconcertante. El aumento de insectos herbívoros y otros artrópodos puede acelerar procesos de defoliación en la tundra, alterando la reflectividad del suelo y favoreciendo un calentamiento adicional de la superficie. Cuando la cubierta vegetal cambia, también lo hacen los ciclos de nutrientes, la humedad del terreno y la estabilidad del permafrost. Y cuando el permafrost empieza a ceder, el problema ya no es solo biológico: entra en escena el clima planetario. 

Ese bucle de retroalimentación es una de las imágenes más inquietantes del editorial. Una perturbación aparentemente menor puede acabar conectando la picadura de un insecto con la liberación de gases de efecto invernadero almacenados en suelos helados durante milenios. No porque el mosquito derrita por sí solo el permafrost, sino porque forma parte de un sistema que está perdiendo sus antiguos amortiguadores. En el Ártico, cada cambio suma; y cuando muchos cambios pequeños coinciden, el paisaje entero empieza a comportarse de otra manera.

El gran agujero del Ártico: nadie vigila de verdad lo que está ocurriendo

Si la noticia del mosquito en Islandia inquieta, lo que más debería preocupar quizá sea otra cosa: el Ártico no cuenta todavía con una red coordinada y suficientemente robusta para monitorizar artrópodos a gran escala. Esa es una de las denuncias centrales del texto de Science. Sin observaciones estandarizadas, las científicas advierten, resulta imposible medir con precisión la magnitud del cambio, localizar las zonas de mayor riesgo o anticipar la expansión de vectores y patógenos

La carencia es estratégica. Lo que no se vigila a tiempo acaba entendiéndose demasiado tarde. En un territorio tan vasto, fragmentado y políticamente sensible como el Ártico, la ausencia de datos comparables entre regiones dificulta desde la investigación básica hasta la respuesta sanitaria y ambiental. No saber dónde están los insectos, cuándo emergen o qué microorganismos pueden transportar equivale, en la práctica, a cederle ventaja al cambio ecológico. 

Por eso las autoras proponen algo más ambicioso que una simple alerta científica. Reclaman una infraestructura de observación que una a investigadoras, comunidades locales y pueblos indígenas, cuyas observaciones acumuladas durante décadas constituyen una fuente de conocimiento insustituible. La vigilancia del mosquito se convierte así en una forma de diplomacia científica, un terreno común en una región donde la cooperación geopolítica atraviesa momentos delicados

Hay algo casi poético y, al mismo tiempo, severo en esta escena final: el insecto más pequeño obliga a pensar en escalas inmensas. Desde una granja en Kjós hasta la estabilidad del permafrost; desde el vuelo de un díptero hasta la arquitectura climática del planeta. Islandia ha perdido una excepción histórica, sí, pero ha ganado un papel involuntario como centinela del cambio ártico. Y eso quizá sea lo más importante de todo: los mosquitos no solo han llegado a la isla; han llegado para avisarnos.

Fuente: The National Geographic España

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