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Científicos descifran el misterio del “orbe dorado” marino

Mundo, 25 de abr 2026 (ATB Media).- Era el verano de 2023 y los científicos a bordo del buque Okeanos Explorer de la NOAA miraban fijamente la pantalla con una mezcla de fascinación y desconcierto. A más de tres kilómetros bajo la superficie del golfo de Alaska, las cámaras del vehículo teledirigido Deep Discoverer revelaron un objeto inexplicable: una pequeña esfera dorada, de unos diez centímetros, fijada a una roca. Brillaba bajo los focos del ROV como un objeto fuera de lugar en el oscuro fondo del océano.

“No sé qué pensar de esto”, dijo uno de los investigadores durante la retransmisión en directo publicado por NOAA en 2023. “¿Es una cápsula de huevos? ¿Una esponja?”. Otro fue más dramático: “Solo espero que, cuando lo toquemos, no salga nada de dentro. Es como el comienzo de una película de terror”.

El equipo recogió el espécimen con el brazo robótico del ROV y lo envió al Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian para su análisis, sin imaginar que el enigma tardaría más de dos años en resolverse.

Un hallazgo inusual en el fondo del océano

Uno de los primeros desafíos fue su clasificación taxonómica. El objeto no presentaba la anatomía típica de un animal, ya que no tenía la estructura propia de un organismo, sino una textura fibrosa y estratificada cubierta de cnidocitos, las células urticantes propias de corales y anémonas, lo que sugería que podría pertenecer al filo de los cnidarios. 

La científica Abigail Reft, del NOAA, identificó esos cnidocitos como espirocistos, un tipo que solo aparece en la clase Hexacorallia. Era la primera pista. 

Pero ahí surgió un nuevo problema. Las pruebas iniciales de código de barras de ADN no fueron concluyentes. La muestra contenía una gran cantidad de microorganismos que interferían en el análisis genético.

“Trabajamos con cientos de muestras diferentes y sospechaba que nuestros procesos rutinarios aclararían el misterio”, reconoció Allen Collins, doctor en Zoología y director del Laboratorio Nacional de Sistemática de NOAA Fisheries. 

“Pero esto se convirtió en un caso especial que requirió esfuerzos específicos y la experiencia de varias personas. Era un misterio complejo que exigía conocimientos de morfología, genética, aguas profundas y bioinformática”, agregó.

La solución llegó gracias a una herramienta más poderosa, la secuenciación del genoma completo. Los resultados apuntaron a una coincidencia muy cercana con Relicanthus daphneae, una anémona gigante de aguas profundas descrita por primera vez en 2006, con tentáculos que pueden superar los dos metros de longitud.

Para confirmarlo, el equipo también analizó un espécimen similar recogido en 2021 durante una expedición del Instituto Oceanográfico Schmidt, y los genomas mitocondriales de ambas muestras resultaron ser genéticamente casi idénticos.

La identidad del orbe dorado: una anémona de aguas profundas

Así, el orbe dorado no era un huevo, ni una esponja, ni nada alienígena. Era lo que los investigadores interpretan como una cutícula, una especie de recubrimiento fino compuesto por varias capas que ciertas anémonas generan en su parte externa.

Su composición principal sería la quitina, el mismo material resistente que forma los caparazones de los insectos o las paredes celulares de los hongos.

Lo que había captado el Deep Discoverer correspondería así a la base de la anémona, es decir, el tejido con el que el animal se adhería a la roca. Según los investigadores, las observaciones in situ indican que la cutícula se queda atrás a medida que el animal se desplaza, lo que apunta a un desprendimiento activo.

Pero el misterio no termina del todo ahí. Los científicos contemplan otra posibilidad: que el orbe sea un vestigio de una reproducción asexual incompleta. Según Science Alert, algunas anémonas son capaces de sufrir una “laceración pedal”, en la que la base del pólipo queda abandonada y la parte superior del animal se aleja, dejando un muñón del que más tarde vuelve a crecer un nuevo organismo. 

Si R. daphneae hace lo mismo, aún se desconoce. “La explicación de la morfología del orbe dorado sigue siendo un tema controvertido”, admiten los propios investigadores en el artículo preliminar publicado en bioRxiv, según recoge Science Alert.

Lo que los datos sí sugieren más claramente es que la cutícula podría no ser un simple desecho. La abundancia de microorganismos en ella apunta a que actúa como un foco de actividad microbiana, donde el tejido en descomposición sirve de base para estos organismos y contribuye a procesos como el ciclo del nitrógeno.

Un misterio que revela los límites de la exploración oceánica

El caso del “orbe dorado” tardó más de dos años en resolverse, pero ilustra uno de los retos clave de la exploración oceánica: incluso con tecnología avanzada, el fondo del mar sigue siendo un territorio casi desconocido. A 3.250 metros de profundidad, donde la presión es aplastante, la oscuridad absoluta y el frío extremo, algunos hallazgos pueden convertirse en enigmas de años.

“Gracias a técnicas avanzadas como la secuenciación del ADN, somos capaces de resolver cada vez más de ellos”, afirmó el capitán William Mowitt, director en funciones de Exploración Oceánica de la NOAA. Y mientras la ciencia avanza, el Okeanos Explorer ya prepara su regreso al mar en mayo, con una nueva expedición frente a las costas de Hawái.

Fuente: ATB Media

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