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El año que viene: poder, espiritualidad y ciencia ficción soviética


Oleg Yasinsky

Una de las principales lecciones del año pasado es que para el año que viene, los expertos más valorados serán los que no hagan predicciones.

No sé si ha sido el año más trágico de las últimas décadas, ya que no disponemos de estadísticas fiables sobre los genocidios endémicos en una gran parte de África para comparar el número de muertos, pero en cuanto a los riesgos de nuestra autodestrucción colectiva, ha sido sin duda, el más peligroso.

El poder de las corporaciones y de los capitales bancarios sigue dividiendo y contraponiendo a los pueblos para controlarnos, cada vez más, y para reducir nuestro número, ya que somos percibidos, cada vez más, como una carga social insoportable para los gobiernos neoliberales. Lo de la política para la reducción de la población no es ninguna metáfora, es literalmente así.

El sistema convirtió a todos los tipos de guerras, las de clase, las religiosas, las económicas, las culturales y las cognitivas, en una sola.

Lo poco que queda de la prensa nos muestra su revés: escaparates de un mundo inexistente con sueños adulterados, objetivos fraudulentos y medicamentos vencidos para enfermedades incurables.

Los estados nacionales, que aún no están completamente subordinados a la mafia internacional, eufemísticamente llamada “occidente colectivo”, se convierten en la mayor rareza y milagro de estos tiempos. Ocurre algo paradójico, pues al mismo tiempo que debemos defender a estos Estados como el último chance de nuestros pueblos, por lo menos para una cierta independencia nacional, es muy importante también darnos cuenta de que el único futuro posible está en nuestra nueva futura unión, sobre la base de principios y valores radicalmente diferentes a los que rigen hoy el mundo.

El futuro no puede construirse desde nuestra comprensible nostalgia por el pasado

Nunca antes el trabajo deliberado para nuestra deshumanización e idiotización ha sido tan fructífero, y nunca antes en la historia, la humanidad se ha enfrentado a un desafío mayor, más creativo y más loco que el saltar al abismo preparado.

Y aquí mismo surge algo imprescindible para todas nuestras búsquedas, luchas y esperanzas. La espiritualidad. Sé que es un concepto extremadamente frágil y confuso, usado y abusado a lo largo de los tiempos, privatizado por las religiones y muy criticado por la irreverencia dialéctica materialista. Pero aquí está. Lo necesitamos. La necesitamos.

Es interesante escuchar a varios activistas sociales que dentro de sus sectas políticas se sienten los profetas del cambio. Su análisis económico y filosófico de la actualidad seguramente podría ser muy lúcido y útil, pero cada vez quedan menos lectores de sus panfletos. Su fría y racional manera de estructurar su pensamiento, llena de lugares comunes y resentimientos, no despiertan ganas de luchar por nada nuevo. O al menos, las cosas nuevas no se proponen así. Parece que les falta algo que desprecian o que temen. Por otra parte, es muy evidente que la idea inicial, profundamente religiosa de la ‘espiritualidad’ ha sido secuestrada por la Iglesia, para convertirla en algo totalmente institucionalizado, con una carita de sonrisa angelical bondadosa, inofensiva y ausente. O, en un objeto de estudio de los antropólogos para descubrir las rarezas de los pueblos ancestrales.

Lo que no nos enseñaron dentro del paquete de buenos modales es que la espiritualidad, al igual que la sexualidad, es la base de la fuerza creativa del ser humano, que nos hace soñar y construir mundos. Por eso suele ser tan sospechosa e incómoda para todos los partidos políticos y las iglesias de todos los tiempos, creados para difundir y defender sus verdades absolutas, como si fueran eternas.

La espiritualidad es lo más íntimo de cada uno, que puede y debe ser compartido libremente con otros, en una conexión profundamente humana y voluntaria para encontrar y construir lo divino alrededor de este frágil milagro de la vida que todos padecemos. Vista de este modo, la espiritualidad tal vez debería evolucionar hacia una nueva construcción mental donde sería comprendida no como la pertenencia a uno u otro credo religioso, sino nuestra capacidad de caminar descalzos los senderos intransitados de nuestros corazones y cada vez ser más alumnos y menos maestros. La verdadera espiritualidad no se basa en la fe, sino en la experiencia y por experiencia trata de evitar este término.

Si algo aprendimos del siglo pasado es a desconfiar de las fórmulas que prometen la felicidad para todos. Pero aún más necesitamos luces de nuestro reciente pasado para alumbrar lo que viene

El gran escritor y humanista soviético Iván Yefrémov, conocido por sus novelas de ciencia ficción, en 1971 encontró estas palabras para nuestro hoy: “Las generaciones acostumbradas a un modo de vida honesto deben extinguirse en los próximos 20 años, y entonces se producirá la mayor catástrofe de la historia en forma de un monocultivo técnico generalizado, cuyas bases se están introduciendo ahora persistentemente en todos los países, e incluso en China, Indonesia y África… Pensar que es posible construir una economía que satisfaga todas las necesidades humanas, tendencia que impregna toda la ficción occidental (por ejemplo, la estadounidense), e incluso la nuestra, en el sentido vulgar y literal de “a cada cual según sus necesidades”, es una utopía inaceptable, semejante a la utopía de la máquina de movimiento perpetuo… La única salida está en la más estricta autorrestricción de las necesidades materiales, basada en la comprensión del lugar del hombre y de la humanidad en el universo como especie pensante, en el autocontrol absoluto y en la superioridad incondicional de los valores espirituales sobre los materiales. Comprensión de que los seres inteligentes son un instrumento de conocimiento del propio universo. Si esta comprensión no se produce, entonces la humanidad se extinguirá como especie, simplemente en el curso natural de la evolución cósmica, como no apta para esta tarea. Esta es una ley del desarrollo histórico tan inmutable como las leyes de la física… El deseo de cosas caras, autos potentes, casas enormes, etc., es un legado del complejo freudiano de la psique desarrollado a través de la selección sexual. La enseñanza y la educación deberían empezar por enseñar psicología como la historia del desarrollo de la conciencia humana e historia como la historia del desarrollo de la conciencia social. La física, la química, las matemáticas son disciplinas obligatorias, pero lejos de ser suficientes para la conciencia del hombre moderno con su enorme densidad de población y, como consecuencia, de información, con el inevitable lavado de cerebro necesario para mantener el orden social actual. Debemos entregar a un adolescente de 12-14 años una idea de sí mismo como creador de lo nuevo, explorador de lo desconocido en lugar del estereotipo del “filisteo de éxito”, que ha llenado toda la noosfera occidental y está firmemente arraigado en la nuestra”.

Y hoy viviendo la profecía de Yefrémov, seguimos en deuda con nuestra misión fundamental.


Oleg Yasinsky

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