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El mundo visto desde los escombros de un avión

Oleg Yasinsky

Eran nueve escoltas militares rusos y miembros de la tripulación y 65 prisioneros de guerra que serían canjeados en la frontera entre Rusia y Ucrania el 24 de enero de este año. Sus vidas fueron interrumpidas a las 11:12 en el cielo sobre la región rusa de Bélgorod, por un misil antiaéreo ucraniano disparado desde aproximadamente 120 km desde la aldea de Liptsy, en las afueras de la ciudad de Járkov.

Rusia y Ucrania, dos partes de un mismo corazón, una vez más se encontraron dentro del fuego entre el cielo y la tierra que nos une. Los miembros de la tripulación, experimentados pilotos de guerra rusos, tuvieron una breve ventana de tiempo para actuar y, a costa de sus vidas, alejaron el avión en llamas de las aldeas pobladas, hacia el campo abierto

Para no profanar la memoria de las víctimas, tratemos de no repetir los merecidos adjetivos sobre el régimen ucraniano y sus dueños, dejemos las emociones que nos quedan para algo que valga la pena. Imaginemos una vez más algo que a muchos les parece hoy una locura imposible, el regreso de la vida invencible a la tierra pródiga, la vuelta de las estaciones de encuentros y retornos tras la victoria de la vida siempre eterna sobre la muerte siempre temporal.

Las autoridades militares de Kiev fueron informadas por los servicios correspondientes rusos sobre la ruta y la hora del vuelo del avión con sus ciudadanos que iban a ser liberados.

Se suponía que esto garantizaba la seguridad de la operación. Aquí podemos entrar en un campo infinito de especulaciones, donde podemos suponer mil cosas sin poder confirmar absolutamente nada. “Sabían”, “sabían y no les importó”, “lo hicieron justamente porque lo sabían”, etc.. 

Ya sabemos que dentro del sangriento absurdo de los poderes coloniales de Ucrania son absolutamente posibles los escenarios incompatibles con cualquier razonamiento humano.

Los entendidos en los temas militares dicen también que las autoridades de Kiev tuvieron por lo menos cuatro razones para derribar ese avión:

1. En las matemáticas de la guerra un avión militar enemigo vale más que las vidas de 65 militares propios, incluso los que estarían fuera de combate después de estar presos. 2. Eliminar una tripulación militar experimentada rusa tiene también más valor militar que salvar a sus propios prisioneros, sobre todo sabiendo que los soldados ucranianos de a cientos son sacrificados a diario durante meses de una “contraofensiva” sin ningún resultado. 3. A los prisioneros liberados hay que pagarles recompensas y cubrir los gastos de su tratamiento médico, y su muerte en el territorio ruso y dentro de un avión ruso ya no sería parte de la responsabilidad del Estado ucraniano. 4. Tratados bien como prisioneros de guerra en Rusia, y después de recibir la ayuda médica en Donbass, muchos de ellos vuelven a Ucrania con otras ideas y cuentan su verdad, que es muy peligrosa para el régimen de Kiev, etc. 

Pero tal vez es mucho más importante ver lo que pasó (o, más bien, lo que no pasó) lejos de las nieves fronterizas entre Rusia y Ucrania después de la tragedia. Recordamos bien cada escándalo mundial en el que intentaban acusar a Rusia de algo. Las terribles imágenes no salían de las portadas ni de las primeras planas por semanas, siendo en la mayoría de los casos, para nombrarlo suavemente, de una veracidad dudosa.

Esta vez, cuando el crimen de guerra está comprobado y no lo niega ni el régimen de Kiev, obviamente sin una sola palabra de condolencia por lo menos hacia sus propios ciudadanos muertos, los organismos internacionales de derechos humanos quedaron totalmente mudos. Y no fue por indignación. 

Las “reacciones internacionales”, los llamamientos a ellas y la expectativa de las mismas son parte de la mitología del pasado, cuando todavía se podía ser ingenuo y hablar seriamente de cosas tan ficticias como la “prensa seria”, las “organizaciones independientes de derechos humanos” o la “responsabilidad social” de los depredadores corporativos.

Desde las altas tribunas internacionales y los grandes medios de comunicación, convertidos desde hace tiempo en sus portavoces permanentes, se ha construido una imagen del mundo tan falsa que cualquiera de sus colores, sus términos o sus detalles, si accidentalmente rompiéramos el escaparate y lo frotáramos en las manos, se convertiría de inmediato en polvo de las decoraciones más baratas. Esta es la simple alquimia del “nuevo orden mundial”. La prensa que desde hace tiempo convirtió a la “opinión pública internacional” en un animal herbívoro obeso que siempre gira la cabeza en dirección a la zanahoria que le ofrece el poder.

Para este mundo de millones de crímenes e injusticias que se cometen cada segundo y que se hicieron la única norma del sistema planetario dominante, el derribo de aviones con prisioneros de guerra y misiles que vuelan contra civiles sencillamente no es un tema.

Desde hace tiempo el interés por cualquier crimen de guerra no es ético sino puramente mediático; al fin y al cabo, la guerra no es más que una de tantas formas fáciles de conseguir poder y dinero rápido. Si no fuera así, las guerras, en vez de multiplicarse como hoy, se habrían extinguido desde hace tiempo.

Por eso es totalmente imposible cambiar este modelo del mundo loco, asesino y suicida, sin romperlo por completo.

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