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AnaMar y la masacre de octubre de 2003

Ramiro Ramírez S.

Revisando las páginas de los periódicos que circularon durante la “Guerra del Gas” (septiembre-octubre de 2003) llama la atención muchas cosas que no son nada nuevas, por cierto.

Una de ellas, es que aquellos diarios no dejan duda de su alineamiento descarado con el régimen genocida de entonces, salvo excepciones como la del semanario Pulso que supo reflejar aquel momento desde la perspectiva del campo popular. Pero si algo ya confirma las sospechas de tal alineamiento, es el ninguneo olímpico al papel que jugó, en aquel momento, Ana María Romero de Campero (AnaMar), periodista y ex Defensora del Pueblo.

Desde una perspectiva periodística crítica, el mencionado semanario destaca la personalidad de AnaMar y su labor apegada a la verdad histórica y al compromiso con las luchas del pueblo. A diferencia de la prensa comercial/vendida, la edición del 10 al 16 de octubre de 2003, un día antes de la fuga de Gonzalo Sánchez de Lozada a Estados Unidos, un titular de Pulso, acompañado con la fotografía de la ex Defensora, advertía que el país se asomaba a un peligroso proceso dictatorial bajo el grotesco disfraz de la democracia.

“Ana María Romero de Campero: Se viene una DEMOCRADURA”, titulaba el periódico resumiendo la visión de la ex Defensora del Pueblo acerca del momento político en Bolivia y del carácter autoritario de un Gobierno (MNR-MIR-NFR y otras siglas oportunistas) que a esas alturas ya había perdido toda legitimidad y comenzaba a manipular las instituciones para controlar el poder. Un poder expresado en la figura del jefe del MNR (‘Goni’), una marca que quedará en la historia boliviana contemporánea como el símbolo de la decadencia de una clase que despreció Bolivia.

A lo largo de su trayectoria periodística y como Defensora del Pueblo, Ana María demostró una actitud consecuente y por demás lúcida frente a la prepotencia de los poderosos, particularmente de aquellos que no dudaban en vestirse de bufones para acudir a las fiestas de la Embajada de Estados Unidos.

No solo fue aquel octubre de 2003. AnaMar dio más de un ejemplo de una lucha franca al lado de la gente que la quería. Ya en la Dirección del periódico Presencia encaró las presiones de la brutal empresa privada, que le retiró sistemáticamente todo aviso publicitario, pero también los chantajes de la embajada americana en La Paz que le llegaban a través de oficiosos voceros del gobierno de turno. Ella se divertía al ver cómo los políticos neoliberales buscaban congraciarse con los yanquis y dejaban al descubierto sus lógicas de cipayo.

Pero más allá de aquella práctica viciosa propia de los políticos del pasado, en plena crisis de octubre de 2003, la ex Defensora del Pueblo encendía las “luces rojas” tras ser vetada por el oficialismo para una nueva postulación como Defensora del Pueblo. “El hecho de que me haya sacado del juego optando por una línea no democrática (el cuoteo político, añadido por el autor de estas líneas), eso ya enciende un foco rojo que nos indica que algo grave, verdaderamente grave, está pasando con nuestra democracia…creo que el peligro está en que así no vamos a avanzar, en que los muertos se nos van a amontonar y, obviamente, el peligro está en el avance de la opción militar” (Pulso, 10.10.2003).

‘Goni’, aquel engendro que terminó de partir el neoliberalismo en sus estertores, se terminaría de manchar las manos de sangre, él y sus aliados Jaime Paz Zamora y Manfred Reyes Villa que fueron parte de aquella coalición de gobierno.

Los muertos se amontonaron pues en El Alto. El martes 14 de octubre de 2003 estos sumaban 28, según las cifras oficiales y periódicos, como La Razón, enfatizaban en la acción “vandálica” que se apoderó de El Alto: “La turba destruyó cinco pasarelas y un surtidor en Río Seco”, decía en una de sus llamadas de primera plana. Para ese momento el número de muertos sumaba 63, según este mismo medio.

Entretanto, AnaMar lideraba una histórica huelga hambre exigiendo el cese de la violencia estatal, “ni un muerto más” y finalmente la renuncia de Sánchez de Lozada, pedido que era compartido por los movimientos sociales y gente de a pie desde El Alto hasta el último rincón de un país, que estaba harto de la violencia estatal, de los carros de asalto y las balas militares.

El 17 de octubre de 2003, Pulso escribía a propósito de la huelga de hambre de AnaMar y un grupo de activistas de la sociedad civil: “Mientras los piquetes de huelguistas se multiplicaban pidiendo la renuncia de Sánchez de Lozada, el movimiento ciudadano está dispuesto a construir, por la vía del ayuno, una alternativa constitucional a un Presidente convertido en morguero…”.

A 20 años de aquella masacre, va pues un homenaje a las luchas del pueblo alteño que aún espera justicia y, claro, a Ana María Romero de Campero (Anita).

Ramiro Ramírez S. – Es Periodista

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