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En el hipermercado del ultramundo

Oleg Yasinsky

Cualquier proyecto de transformación social es impensable sin la construcción de símbolos y modelos. Nuestra mirada siempre necesita el punto de partida, podemos afirmar que cualquier lectura de la realidad es intencional e ideológica. Los especialistas en la demolición de edificios saben que para la eficiencia de su trabajo, al igual que en la construcción, se necesita un plan de derrumbe y de las herramientas adecuadas. Para destruir nuestra memoria, culturas y el sentido histórico de las generaciones humanas también se está creando un nuevo paradigma de imaginario colectivo, especialmente diseñado para eso.

Me impresioné mucho cuando hace años me enteré de que el himno oficial de la Unión Europea era el ‘Himno a la alegría’ de Beethoven. Tal vez fue para prepararnos a escuchar las turbas que en pleno golpe ultraderechista del Maidán en Ucrania corearon ‘Bella ciao’ y ‘El pueblo unido jamás será vencido’.

Lo que más teme y odia el sistema mundial neoliberal es al ser humano y a sus ideales colectivistas. Deshumanizando el paisaje histórico, se opta por dos vías simultáneas: la demolición de unos elementos de nuestra memoria y la apropiación de otros, quitándoles absolutamente su sentido inicial. En la Unión Soviética de tiempos de la Perestroika, esto se inició con el nefasto cuento de que la invasión de Alemania contra la URSS fue un “ataque preventivo de Hitler” contra “Stalin, que pretendía apropiarse de Europa”, y después aquel de que “millones de alemanas fueron violadas por hordas rusas comunistas”.

Ahora vemos cómo en varias partes nos están explicando que “necesitamos ampliar el criterio” y que “la esvástica no tiene culpa”, ya que es solo “un símbolo ancestral de los Vedas, asociado con la buena suerte”.

Si los nazis alemanes pudieron robar los signos espirituales de la antigüedad, volviéndolos irreproducibles hoy por cualquiera que tenga un poco de conocimiento de historia y que tenga algo de compasión por los millones de víctimas del fascismo, quién le impedirá ahora al neoliberalismo robarse todos los símbolos de nuestras luchas, primero convirtiéndolas en sus marcas registradas, y luego sirviéndoselas a las nuevas generaciones ignorantes y formateadas por sus redes y sus medios.

Hace tan solo unas décadas se discutía la paradoja del uso capitalista de la imagen del gran enemigo del capitalismo, El Che. Esta discusión se acabó hace un buen rato. Las estampas de Ernesto Guevara con su boina y estrellita ya son tan parte del paisaje como cualquier otra marca, como por ejemplo, las de las maletas de Benetton, que nos invitan a recorrer un mundo de diversidad de colores y paisajes, fabricadas por una empresa que despoja de sus tierras al pueblo mapuche en Argentina.

Es una guerra de símbolos también, y tanto en la lógica darwiniana del libremercadismo salvaje como en el proceso evolutivo. Aquí gana no el mejor, sino el que más rápido se adapta y se mimetiza. El sistema capitalista mundial sabe muy bien que uno de los productos más naturales de sus políticas es la rebeldía que nace en todas partes. Adaptando este parámetro a su ‘business plan’, el poder instala sus nuevas fábricas de envases para la rebeldía, con el fin de redirigirla a donde le sirva, convirtiéndola en una rebeldía reciclable y sostenible para el sistema.

Parte de estas fábricas son las cientos de ONG, partidos o gobiernos “progresistas” que hacen progresar las carreras de sus integrantes y discípulos, retrocediendo el pensamiento crítico.

Nos venden la idea de que ser revolucionario es fácil, moderno y ‘cool’. El Internet asesorado por el ‘big data’ nos llena de imperdibles ofertas de éxito revolucionario, y el hipermercado de rebeldías de inmediato nos brinda su infinito ‘stock’ de barbas, mochilas, boinas, pipas, estrellas solitarias y hasta las pastillas para el vigor indomable.

Se hará todo y mucho más para evitar que pensemos por nuestra cuenta y para que lleguemos al mayor acto revolucionario del ser humano que es liberar nuestra imaginación.

Cuando en el mercado mundial estaban altas las acciones de los zapatistas mexicanos porque el sistema todavía esperaba poder llegar a alguna negociación con ellos, los medios aún se daban el lujo de presentar cosas que normalmente no muestran. Su vocero de entonces, el subcomandante Marcos, desde el otro lado de su pasamontañas proponía que para ver la verdadera cara de Marcos se miraran todos al espejo, y allí verían que todos somos él. Estaba bonita la imagen y servía mucho para explicar la necesidad de participación y del protagonismo de todos nosotros, la gente común.

Pero luego, muy rápido, llegó el sistema y arrebató de nuestras manos y trizó en mil pedazos este espejo. También usurpó la bella metáfora de Eduardo Galeano sobre los “nadies”. Ahora nos vuelven a mostrar este espejo desde las altas esferas del poder de los “progresismos” varios, para acariciar nuestro ego y decirnos que “ahora sí, ganamos”.

La vicepresidenta del “Gobierno comunista y guerrillero” de Colombia, Francia Márquez, agradece a la Fundación Soros por financiar su viaje a África. Desde el poder de siempre, los que dicen ser diferentes de la derecha, siguen ejerciendo el más vulgar de los populismos, explotando la ignorancia y la desesperanza de los pobres, incentivando el orgullo de lumpen por sentirse un “nadie” y no cambiar nada. Otra total tergiversación de los significados. Galeano nunca se refirió a eso ni aceptaría dinero de Soros para que los nadies colombianos visitaran a los nadies africanos. Para entenderlo, en vez de echar lemas sacados de memes de las redes sociales hay que leer los libros.

Pero la realidad es que no somos todos ni Fidel ni El Che ni Chávez. Nos faltan años luz, sobre todo con esta nuestra ignorancia que aumenta a diario.

Si a alguien se le ocurre la mala idea de ser revolucionario, como mínimo debería entender que para eso se necesitan muchos años de trabajo difícil y constante con uno mismo, muchos estudios, mucha reflexión y muchas decisiones durísimas. Hoy se hace todo para que nadie de los nadies lo entienda.

Mientras tanto, el secuestro de nuestros símbolos sigue. Los necesitan para cubrir la horripilante desnudez de sus intereses. Así que, por favor, no nos sorprendamos cuando un día en Argentina, visitando a su amigo Javier Milei, Vladímir Zelensky, vestido como siempre con su verde olivo, subiendo su mirada hacia los cielos del sur, termine su discurso con un “¡Patria o muerte! ¡Venceremos!”.

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