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Bitácora del pueblo

Jaime Iturri Salmón

Elegía

Hice el trabajo y me tocó viajar a Lima a entregarlo. En la tarde, en la reunión apareció un hombre muy gordo, de cabeza rapada y sonrisa fácil. Se le movía la panza cuando soltaba sus estruendorosas carcajadas. Me cayó bien de principio a fin. Su sarcasmo, su cinismo frente a todo pero sobre todo su dulzura, su capacidad de entregarte siempre algo.

La reunión fue rápida. El gordo dijo que le parecía un trabajo excelente y que copiaría la metodología y la forma.

Al final, se me acercó el Gato Schulze y me dijo: invita al compañero a tomar un café y a comer algo, está sin trabajo. Y le pedí al gordo que me mostrara Lima y él me preguntó: ¿Dónde quieres ir? Y yo le dije: Del puente a la Alameda.

Precisamente en el puente de Barrancos me dio el que sería el nombre de mi hija: MIshka, primera cosecha o cosecha de la esperanza. Porque la papa y el maíz dan dos cosechas, la primera con agua de riego, la segunda con agua de temporada. La número uno es más dulce y sirve a la comunidad no al comercio y ese fue el nombre de mi hija y fue destino.

Luego nos vimos varias veces y hasta compartimos habitación. Casi no dormí porque el gordo roncaba peor que una locomotora.

Pasados los años me invitaron a dar una conferencia en la Universidad San Antonio de Abad en Cusco. Tras que llegué me llevaron a pasear por el pueblo y cuando pasamos por una hermosa edificación me dijeron “esta es la Casa Campesina Bartolomé de las Casas”. Mirá vos le dije a mi guía yo tengo un amigo que la dirigió, un compañero nacido en Ayacucho. Mi interlocutor se dio la vuelta y me dijo: precisamente él comentará su charla esta noche. Y es que veces la vida es el jardín de los senderos que se bifurcan y a veces ocurre lo que me dijo el gordo la primera noche que nos despedimos: “arrieros somos y en el camino nos encontraremos”.

Un día en Lima me hizo escuchar Summertime en 15 versiones. Otra vez me contó que con lo que había ganado en una consultoría para enseñar a sacar fotos a un grupo de indígenas les regaló cámaras a todos. Así de generoso era. Uno de esos fotógrafos tuvo vetado el ingreso a un salón donde se exponían precisamente sus fotos. Claro iba vestido de indígena y el guardia le cerró el paso. Aclarado el problema, cuando por fin pudo entrar una periodista le consultó sobre ¿por qué sacaba fotos? y él le dijo: “para que mi obra pueda entrar donde a mí no me dejan”. Todo un programa. Toda nuestra tragedia en una frase.

Acaba de morir el gordo Carlos Gutiérrez o si prefiere usted para ponerle título de novela policial que tanto disfrutamos, acaba de entrar al “Sueño eterno”.

Descansa hermano. Más dura la tienen quienes nos hemos quedado.

Nada que hacer, los buenos se van antes.

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